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miércoles, 15 de julio de 2015

Capítulo 8: Misterios ocultos



La mañana siguiente al reencuentro fue, quizá, la mañana más difícil para mí. Despertar y levantarme de la cama se me hizo casi imposible cuando mi madre me despertó desde el otro lado de la puerta de la alcoba, a sabiendas de que acabaría quedándome dormido y que llegaría tarde a incluirme en los entrenamientos matinales. Puse el mayor esfuerzo posible en vestirme y salir, y, sin querer pararme a desayunar sabiendo que luego me sería más difícil incorporarme, me dirigí hacia el palacio. Esperaba poder hablar con Hatik pronto y contarle lo que habíamos hablado la noche anterior con Artrio, deseando que cambiara de opinión respecto a lo que había sucedido con el tema de su traición y de que había sido visto peleando contra nosotros. Pero el día pasó sin que pudiera verle.

Karter me notó algo inquieto durante los entrenamientos y me preguntó qué me pasaba. Al contarle lo que quería hacer, me propuso que hablase con el capitán para que me concediera una audiencia con el emperador, pero dudaba que él tuviera suficiente poder para hacer aquello. Necesitaba buscar la forma de poder hablar con aquel caballero que nos entregó la misión y no se me ocurría cómo.

Durante los días siguientes tampoco pude encontrar la forma de contactar con Hatik, así que decidí hablarlo con Trent durante uno de mis descansos. Al principio no supo responderme nada, solo una promesa de que intentaría encontrar toda la información posible acerca de ese sujeto y que trataría de ayudarme. Siempre he supuesto que hablaría con los demás eruditos de la biblioteca para ver si alguien sabía algo de él.

Y, por suerte, al anochecer siguiente, me sorprendió con su nuevo descubrimiento, deteniéndome en mitad del camino de regreso a casa y llevándome casi a rastras hasta la biblioteca sin darme una sola explicación y sin siquiera abrir la boca a pesar de la cantidad de preguntas que le hacía. Esta era la primera vez que accedía al interior del edificio, aunque en más de una ocasión había contemplado la arquitectura de sus muros de piedra alzándose sobre el suelo tras los cinco escalones de mármol que  conducían a su entrada. Una vez dentro, me llevó hasta una cámara en el segundo piso donde pudiéramos hablar con tranquilidad.

-He estado todo el día intentando descubrir algo sobre Hatik, y he visto que es uno de los personajes más misteriosos del imperio. Si bien es cierto que poco se sabe del círculo cercano a su Alteza, indagando mucho se puede acabar encontrando algo de información acerca de sus hombres de confianza. Desde arriba saben ocultar muy bien las cosas, y parece que guardan más secretos de los que podamos imaginarnos. Y parece que quieres contactar con la segunda persona más importante, detrás del emperador, y quien más secretos esconde.

-¿Quieres decirme que no tengo forma de encontrar a Hatik salvo que él quiera encontrarme?-pregunté nervioso.

-No del todo. Aunque sea la mano derecha del emperador y solo salga de los muros del palacio junto a su presencia para los actos más importantes, Hatik tiene algunos contactos por la ciudad que podrían serte de ayuda si les caes bien. Uno de ellos es el maestre Varig. Tiene permiso para entrar y salir a su antojo del palacio, y quizá pueda convencerle de que te conceda una audiencia. Pero… ¿por qué tienes tanto interés en hablar con Hatik?-su última pregunta deseaba que jamás la hubiese formulado. No quería comentarle acerca de la misión, no podía hacerlo bajo ninguna circunstancia. Además, tampoco quería que cambiase su opinión con respecto a Artrio.

-El día del nombramiento me llamó para comentarme algo importante.

-Debe ser de vital importancia para que él tome la iniciativa-apuntó, haciéndome temer que me obligara a contarle todo.

-Creo que quería hablar de un asunto de manera extraoficial conmigo-mentí a medias-. Quizá haya visto potencial en mí y quiera ayudarme a progresar-terminé de mentir, más descaradamente. Pero parecía que Trent estaba conforme con aquella respuesta.

-De ser así, puedo decirle al maestre que nos ayude.

-Pero no le digas nada del asunto. Aun no sé de qué quería hablar conmigo y puede que se moleste si menciono algo así-le pedí esperando que me hiciera caso. Trent asintió y, por dentro, suspiré de alivio.

-El maestre estaba traduciendo algunos manuscritos, así que aun tengo tiempo para hablar con él y pedirle el favor. En cuanto sepa algo, acudiré a ti y te lo haré saber.

Agradecido, abracé a Trent y abandoné la biblioteca, volviendo a poner rumbo, una vez más y con la esperanza de que no hubiesen más interrupciones para poder descansar de una vez, hacia mi hogar.

Por suerte, la única interrupción que hubo fue durante la cena, tras desvestirme y ponerme algo más cómodo para estar por casa, cuando alguien llamó a la puerta. Se trataba nuevamente de Trent, y en su rostro se veía una amplia sonrisa de satisfacción. Era como si se hubiese tomado aquel favor como un trabajo y lo había conseguido cumplir a la perfección. El maestro Varig me citó en la biblioteca con Hatik y me prometió concedernos una sala donde poder dialogar con calma y a solas a través del mensaje lacrado que me había entregado Trent. Por fin podría quitarme ese peso de encima, o eso pensaba.

Al llegar a la biblioteca, había un anciano con una túnica totalmente negra salvo por una cuerda blanca que se ceñía a su cintura con un lazo. Su barba canosa descendía con gentileza hasta su pecho y sobre su frente no se veía ni rastro de pelo. Su piel arrugada era pálida salvo por algunas manchas a causa de la edad, y su rostro se veía lleno de experiencia. Pero no experiencia como los soldados, que se demostraba con sus cicatrices, sino porque parecía cansado y tenía pinta de haber vivido muchísimas historias.

-Tú debes de ser el amigo de Trent, Celadias. ¿Me equivoco? Yo soy Varig, el maestre de esta biblioteca-se presentó incluso antes de que pusiera un pie en la pequeña escalinata de mármol, el cual apenas tenía cinco escalones-. Mi viejo amigo Hatik tiene que estar a punto de llegar. ¿Has comido algo? La primera comida del día es la más importante de todas-asentí con la cabeza, aunque eso no impidió su ofrecimiento a tomar algo-. No hace falta que nos quedemos aquí, Hatik sabe el camino y sabe en qué sala nos encontraremos. Hace bastante calor aquí fuera y yo he preparado algo de té. ¿Por qué no entramos y le esperamos tomándonos una taza?

Antes de que pudiera responderle al menos, se dio la vuelta y entró en el edificio. Volvimos a pasar por el recibidor y cruzamos la primera planta como lo hice con Trent el día anterior. Pero, al llegar a la escalinata, nos detuvimos. Él me hizo una señal para que esperase y se acercó al lado derecho de la escalera. Apartó la estantería que se encontraba pegada a la escalera y dejó al descubierto un arco que conducía a una pequeña sala circular únicamente adornada por algunas antorchas en las paredes y una mesa redondeada como la sala con seis sillas a su alrededor. Sobre la mesa se encontraba una tetera y supe al instante que se trataría del té que había mencionado antes el sabio erudito. Me invito a pasar y a tomar asiento y comenzamos a hablar de nuevo.

-Dime, joven Celadias, ¿por qué tenías tanta urgencia por hablar con Hatik?

-Dijo que quería hablar de unos asuntos conmigo, pero no llegó a decirme cuáles-mentí mirando fijamente a los ojos del maestre.

-Tengo más años que tu amigo, me han mentido más veces que al pequeño de Trent. ¿Esperas que me lo crea?-preguntó terminando de servir el té en dos tazas de pequeño tamaño-. Hatik es la persona más poderosa del imperio. Si quitásemos al emperador, por supuesto. ¿Por qué tendría tanto interés en hablarle a un joven recluta que recién acaba de superar las pruebas y no tiene nada importante que ofrecerle?

-Quizá tenga algún tipo de potencial y él quiera sacar algo de provecho con él.

-O quizá tengas información valiosa que pueda hacer que se tambaleen los cimientos del imperio-dijo sin inmutarse lo más mínimo, haciendo una parada para darle un sorbo a su taza-. El té de vainilla con leche es lo mejor que hay.

-Discúlpeme, pero no sé a dónde quiere llegar.

-¿Se ha descubierto algo que pueda poner en peligro al imperio?-preguntó de forma más directa y clara, depositando su taza sobre la mesa. Y por primera vez sentí que él sabía algo acerca de Artrio y de la conversación que tuve con el caballero.

-Eso es algo que deberíais preguntarle a él y no a mí. Yo solo soy un soldado.

Parecía que iba a volver a hablar, pero una nueva presencia evitó que lo hiciera. Me sentí aliviado al ver que Hatik había aparecido tras el arco.

-Os dejaré a solas para que podáis hablar-dijo el maestre recogiendo su taza y alzándose en pie-. Espero que disfrutes de un té como este, Celadias-añadió antes de despedirse y abandonar la sala.

-Espero que ese anciano bocazas no te haya importunado con sus preguntas-se disculpó Hatik en nombre de Varig-. Me han comunicado que querías hablar conmigo. Aquí estoy.

-Es acerca de Artrio, señor-le comenté mientras tomaba asiento, y le dije todo lo que hablamos aquella noche. Le comenté que el viaje había sido hasta el puerto de Merenter, que había cerrado un trato con un capitán de barco que le llevaría al otro lado del mar, y que se iría durante bastante tiempo-. Parece que estos últimos viajes fueron para acordar las condiciones y poder cerrar un trato.

-¿Y qué sabes de su padre?

-Se quedará en Arstacia. Dice que está demasiado mayor para viajar y que necesita de la tranquilidad del hogar si quiere seguir viviendo más años.

-Nadie más sabe de nuestra pequeña misión, ¿verdad?-en aquel momento, sentí que la sangre se helaba en mi cuerpo al cruzarse nuestras miradas, y negué con la cabeza-. Entonces te encargaré una última misión, pero solo la podrás realizar tú y el grandullón de tu amigo tampoco puede saber nada.

-¿Qué vais a mandarme en esta ocasión?-pregunté, y parecía que se había molestado por el descaro de haberle preguntado tan directamente.

-¿Te dijo cuándo volverá a ponerse en marcha?-asentí con la cabeza, respondiéndole que se iría en un par de días-. Eres libre de rechazar esta misión si quieres, pero te la encomiendo a ti porque quiero que descubras la verdad de tu amigo si resulta mentir. Hay dos días de camino a caballo hasta Merenter, y no estás entrenado para hacer algo así, por lo que entenderé que no quieras y enviaré a un explorador que pueda encargarse del asunto.

-Haré lo que sea por el bien del emperador y del imperio-respondí convencido.

-No es el emperador quien te manda esta misión, sino yo-contestó con indiferencia-. Le seguirás hasta llegar a Merenter y, una vez ahí, te asegurarás de que de verdad se sube al barco que te ha dicho. Te proporcionaré una armadura para hacerte pasar por guardia una vez llegues a la ciudad. Llévala puesta durante el camino para que, si te descubre, piense que solo eres un mensajero y no te reconozca la cara. Cuando vuelvas a Arstacia, enséñales este medallón a los guardias del palacio-se descolgó del cuello un pequeño medallón con el símbolo de Arstacia, depositándolo en mis manos.

-Cumpliré esta misión cueste lo que cueste-acepté cerrando mis dedos en torno al medallón.

-Por cierto, una cosa más-dijo acercando su rostro al mío-. Mira bien por dónde pisas y trata de no meterte en lugares de los que no puedas salir con vida. Es mejor quedarnos con la curiosidad si con ella conservamos nuestra cabeza. Los secretos existen por alguna razón.

El tono de voz que había empleado para terminar su discurso se había vuelto más frío de lo normal, como si tratara de avisarme de algo. O, más bien, amenazarme. No entendía del todo a qué podía referirse, aunque una parte de mí decía que estaba bien claro lo que trataba de decir. Ahora sentía más curiosidad acerca de los misterios que rodeaban a aquel hombre, pero temía las posibles consecuencias que pudiera acarrear indagar en su pasado.

lunes, 13 de julio de 2015

Capítulo 7: Regreso



El sol comenzó a ocultarse antes para nosotros que para el resto de la ciudad. Las grandes fachadas del palacio ocultaron su luz, haciendo que el patio donde estábamos entrenando se oscureciera antes de lo previsto y que el capitán nos pidiera que abandonáramos ya el edificio. Había sido un día bastante provechoso donde Karter había aprendido a manejar el espadón y yo había aprendido algunos trucos que me ayudarían a mejorar mi destreza con una mano.

En el exterior, la luz anaranjada inundaba todo a su paso con la puesta del sol, creando un juego de luces precioso y fantástico bajo un cielo que se tornaba desde rosado y anaranjado hasta oscurecerse en negro con pequeños y casi imperceptibles puntos blancos. En el patio exterior del palacio ya estaban recogiendo todas las herramientas y los soldados se retiraban a sus aposentos para descansar y recuperar fuerzas hasta el día siguiente; en las calles, así como en la plaza central, los negocios comenzaban a cerrar. Los artesanos cerraban las puertas de sus casas, algunos comerciantes recogían sus mercancías abandonando a aquellos quienes aun tenían algo de esperanza en conseguir terminar bien el día. Karter y yo nos separamos en la plaza central, sabiendo que en apenas unas horas volveríamos a vernos para juntarnos de nuevo tras tanto tiempo sin su presencia.

El corto camino de regreso a casa se me hizo interminable por el pensamiento de que Artrio fuese un traidor como había sido acusado por aquel caballero. Incluso el emperador, con aquella expresión de frialdad en su rostro, parecía haber sido convencido de lo mismo. Pero yo seguía siendo incapaz de verle atacando a la ciudad donde había nacido y donde su padre, pese a haber sido un importante soldado en la guerra dentro del bando de Arstacia, había sido bendecido con importantes sumas de dinero y una apacible vida llena de comodidades, siendo protegido durante los primeros años de aquellos soldados que aun tenían resentimiento por quienes habían empuñado un arma contra ellos.

Tras aquel breve tramo que me pareció una eternidad me esperaba aquella pequeña casa de dos pisos donde mi madre ya había terminado de preparar la comida. Desde el exterior podía olerse ya el aroma de su delicioso guiso. Y el estómago me gruñó, ordenándome que lo llenara con él. En ese preciso instante, me olvidé por completo de todas mis preocupaciones. Siempre dije que su guiso era el mejor de todos, y que lo hacía con el sudor de los dioses porque tenía propiedades mágicas que iban más allá de nuestro entendimiento y cada uno que hacía parecía saber mejor que el anterior.

Tardé poco en vaciar el plato. El hambre y el buen sabor del guiso hicieron que lo devorara con ganas y que casi hiciera falta que me apartaran el plato para no tragármelo también. Sin darme cuenta, incluso había llegado a sonreír despreocupado. Tras un duro  día de entrenamiento y enseñanzas, aquella comida y la agradable compañía de mi familia hacían que el miedo de a qué se dedicaba verdaderamente Artrio pasara a un segundo plano y me importara más bien poco.

Y hubiese seguido siendo así durante bastante tiempo de no ser porque alguien golpeó con suavidad la puerta con tres breves toques. Mientras mi madre recogía la mesa, yo abrí la entrada para comprobar que Artrio se encontraba tras la puerta. Él sonreía tranquilo, y yo me forcé para sonreír y no hacerle sospechar mientras volvía, una vez más, la conversación con el caballero y la petición del emperador. Aquel amigo al que tendría que juzgar en función a lo que me demostrara a partir de aquel momento vino a recogerme ataviado con ropajes de piel negra y un aspecto bastante desgreñado. Era como si acabase de volver de su viaje y no hubiese perdido ni un segundo de su tiempo. Eso explicaba por qué vino a mi casa y no a la de Karter, pues, entrando desde el acceso sur, yo me encontraba más cerca.

-Tienes cara de estar cansado-observó Artrio, y tomé aquellas palabras como saludo-. ¿He de suponer que  hoy has entrenado como soldado?

Lo único que hice fue asentir con la cabeza e indicarle que nos pusiéramos en marcha. No tenía muchas ganas de hablar y solo quería aclararme para saber cómo hablarle. De hecho, cuando quise darme cuenta estábamos ya frente a la casa de Karter y Artrio me miraba directamente a los ojos. Pude ver que parecía preocupado, quizá por haber desconectado durante todo el camino.

-Llevas mucho tiempo callado. ¿Puedo preguntarte qué ha pasado? Es como si no te alegraras de verme o algo.

-Sí, me alegro de verte-contesté con un pequeño suspiro-. Es solo que, en estos días, me han llegado algunos rumores que me han tenido preocupado.

-¿Qué clase de rumores?

-Rumores de que tus viajes no son los que dices hacer-contesté teniendo que desviar la mirada hacia un lado para huir de la suya-. He visto algo que me hace dudar y temer al mismo tiempo. Siento que no entiendo la realidad que me rodea.

-No entiendo qué quieres decirme. ¿Por qué no hablas claro?-de reojo pude ver cómo intentaba cruzar su mirada con mis ojos.

-El día de la prueba intentaron asediar la ciudad. Karter y yo combatimos por primera vez en un combate real y no sé si fue por la confusión o por qué, pero tuve la sensación de haberte visto en la llanura-mentí. Pero no se me ocurría otra forma de explicarme.

-¿Quieres decir que estaba aquí, combatiendo con vosotros?-preguntó Artrio sorprendido.

-Más bien contra nosotros…

-¿Eres consciente de tu acusación?-parecía que estaba poniéndose a la defensiva, y aquello me molestaba bastante.

-Nunca nos dices a dónde te diriges, y, de repente, nos encontramos a alguien que se parece a ti y que lucha igual que tú. ¿Qué quieres que piense?-respondí alzando un poco la voz comenzando a enfadarme.

-¿Karter sabe algo de esto?-asentí con la cabeza, diciéndole que le comenté el hallazgo al terminar la batalla-. ¿Y qué opina?

-Pregúntale a él si quieres-dije invitándole con un gesto de manos a que llamara a la puerta de nuestro amigo.

Artrio aceptó la invitación y golpeó un par de veces sobre la superficie de la puerta con los nudillos. Karter tardó apenas unos segundos en abrir la puerta con una sonrisa en sus labios que tardó aun menos tiempo en desaparecer. Artrio parecía estar mosqueado, y yo no quería ni saber qué cara tenía en aquel momento pero el grandullón parecía temernos en aquel momento.

-¿Ha pasado algo, chicos?-preguntó intentando entender la situación.

-¿Qué pasó el otro día en la batalla contra los rebeldes?-preguntó Artrio anticipándose a mí. Me comencé a arrepentir, pues temía que Karter metiera la pata al no saber que yo había mentido.

-¿Qué quieres decir?-preguntó aun más confuso, para mí tranquilidad.

-Ya le he comentado lo que te dije, que me pareció ver a alguien similar a él pelear contra nuestros compañeros-dije adelantándome esta vez yo.

-¿Qué opinas al respecto de ello, Karter?-preguntó Artrio. Por un momento, pensé que Karter no sabría qué decir y que acabaría saliendo a la luz mi mentira.

-¿Es necesario hablar de eso ahora? Celadias y yo hemos conseguido ser soldados y tú has vuelto de tu viaje ileso. ¿Qué importará si vimos a alguien como tú pelear?-saltó Karter empezando a enfadarse, o eso parecía-. Hablemos de tu viaje, de nuestra prueba y celebremos que estamos todos juntos de nuevo. ¿Acaso vamos a pelearnos después de haber estado juntos tantos años solo por rumores y habladurías? No, no lo vimos ni Celadias ni yo, ¿vale?-en ese momento supe que debería haber dicho la verdad desde un principio-. ¡¿Pero qué importa?! Somos amigos, joder, y da igual lo que haya visto la gente. Lo que importa es lo que sentimos nosotros. Tanto para lo bueno como para lo malo.

Tras su discurso, permanecimos en silencio durante unos segundos hasta que Artrio se pronunció.

-Hay que joderse… ¡Que este bruto sea el que nos tenga que sermonear!-exclamó con una sonora risotada contagiosa, haciendo que yo también me riera.

-Lo siento, Artrio, no quería dudar de ti-me disculpé al recuperarme de la risa.

-Perdóname tú a mí por no comentarte nada de mis viajes. Te prometo que te hablaré de todo lo que he hecho y todo lo que planeo hacer de ahora en adelante.

Después de ambas disculpas, ambos nos fundimos en un profundo abrazo amistoso, en el que ambos nos palmeamos la espalda como gesto de complicidad y respeto. Me sentía aliviado de que no me guardara rencor por haber dudado de él y que me fuese a contar qué había hecho en su viaje para calmar mis temores. A lo largo de la noche nos fuimos a una taberna y, acompañando nuestras historias con cerveza, contamos cómo Karter y yo peleamos en la prueba contra el instructor, superamos las últimas pruebas, combatimos contra los rebeldes, esta vez contando la verdad, e hicimos el juramento.

Por su parte, Artrio nos contó la historia de cómo llegó a puerto de Merenter para concluir su acuerdo con un capitán de barco para navegar al otro lado del océano. Nos dijo que quería descubrir las tierras más allá de las aguas, conocer distintas civilizaciones y culturas y aprender todo lo que  pudiera en su próximo viaje. Dijo también que lo lamentaba pero que tendría que ausentarse de la ciudad durante bastante más tiempo, aunque su próxima visita a Arstacia duraría mucho más tiempo del que estaría fuera.

La noche siguió prolongándose entre risas e historias, acompañadas por la cerveza de aquella taberna, y acabó con la promesa de que jamás duraríamos entre nosotros.

-Si hay algo que más desee en esta vida es luchar codo con codo junto a vosotros-nos tranquilizó Artrio tras brindar por última vez y terminar de beberse su jarra, poco antes de tener que concluir con nuestra celebración.

miércoles, 24 de junio de 2015

Capítulo 6: Asignados



El día anterior, mientras Karter y yo hablábamos con el emperador y con Hatik, todos nuestros compañeros fueron asignados a una unidad. Éramos los únicos que no sabíamos de qué tropa formaríamos parte, por lo que, para no entorpecer el entrenamiento de los demás soldados, nos separaron nuevamente para poder asignarnos. El capitán nos llamó a ambos para que nos dirigiéramos al patio interior del palacio mientras los demás seguían con sus entrenamientos en el patio exterior. Contábamos con el permiso del emperador para poder entrar en el interior del palacio, lo que, en cierto modo, me pareció bastante excitante.

Conforme caminaba por los pasillos, me preguntaba cuántos afortunados, quitando a los guardias y a la alta nobleza, habían podido apreciar las obras de arte que se exponían por todas partes, desde las esculturas de mármol hasta las pinturas que lucían en las paredes. Hasta la propia arquitectura era algo impresionante y maravilloso. Las columnas que sostenían el techo servían a su vez como decorado por las formas y los motivos de sus grabados. En algunas podían verse historias de la guerra, o interpretaciones de algunas leyendas antranas, como solían hacer las inscripciones de las paredes de algunos templos.

El patio interior, por su parte, era de un tamaño mucho más reducido que el patio exterior, el cual era casi tan grande como la plaza. Varias losas de piedra apiladas unas junto a otras formaban un cuadrado perfecto justo en el centro, bajo un pequeño techo sostenido por pequeñas columnas de piedra, esta vez, sin ningún tipo de grabado. Rodeando ese espacio, varias flores decoraban cuatro pequeños jardines que hacían esquinas, pintando aquel intenso verde con pequeños puntos de diversos colores.  Entre los jardines, cuatro cortos caminos de piedra comunicaban con el pasillo que rodeaba el patio central, cuyos muros se alzaban hasta apenas un metro de altura, dejando ver el interior y el exterior del pasillo, y algunas columnas similares a las del cuadrado central que llegaban desde el suelo hasta el techo. Aquel pasillo comunicaba con otras estancias y corredores del palacio a los que no teníamos acceso.

Nos detuvimos en el cuadrado central, donde su techo nos haría sombra si no fuese porque el día estaba nublado. Ahí habían dejado un barril hueco con algunas espadas de distinto tamaño y cuatro maniquíes de madera con corazas metálicas que se alzaban repartidos en las esquinas. El capitán nos invitó a coger la que mejor nos sirviera para combatir. Karter cogió un mandoble bastante pesado que, utilizando las dos manos, solo tendría que aprender algunas técnicas y algunos trucos para manejarlo con soltura. Yo, por el contrario, busqué una espada que pudiera manejar con una sola mano y que no fuera demasiado pesada, pero sí lo suficiente para tener la seguridad de que no se rompiera en mitad de  una pelea.

-Parece que tenéis claro qué queréis ser, pero no pienso arriesgar vuestras vidas solo por vuestras preferencias-dijo el capitán, pues cada espada era utilizado por un tipo de unidad distinta, y yo sabía quién usaba cuál-. Karter, has de saber que tu armadura será bastante pesada y que tendrás que aprender a manejar un arma muy difícil de controlar si quieres salir airoso del combate. Por muy resistente que sea tu armadura, de nada te servirá si apenas puedes moverte y recibes golpes por todas partes-después de decirle eso a Karter, me miró a mí-. Celadias, tu armadura será muy parecida a la que usaste la otra noche en batalla. ¿Te sentiste cómodo con ella?-asentí a su pregunta-. Karter tiene el consuelo de que algo le protegerá, pero tú serás quien mejor tenga que saber combatir, pues estarás bastante desprotegido. Por eso os invito a que ataquéis a los maniquíes para ver si sabéis usar las espadas que habéis cogido. A ver si vuestras preferencias se corresponden con vuestras habilidades.

Durante toda la mañana estuvimos peleando contra muñecos inmóviles, lo que me resultaba bastante frustrante por no suponerme ningún reto. Poco a poco me iba habituando al peso del acero en mis manos, por lo que llegó un momento en el que era inútil para mí seguir peleando contra aquello. Aunque a Karter parecía venirle bien esa práctica, pues sus movimientos eran bastante pobres y torpes en comparación con los míos, y el capitán se dio cuenta al instante. En su defensa, debería decir que él también estaba acostumbrado a pelear con espadas de madera y que su espada era mucho más grande y pesada que la mía.

El capitán me permitió que descansara al ver los progresos que había hecho mientras daba algunos consejos a mi amigo:

-Con la mano que coloques arriba quiero que guíes la dirección hacia la que quieras dirigir el golpe, simplemente doblando la espada hacia un lado o hacia el otro, mientras empleas la mano de abajo como si tiraras de una palanca para que el filo se adelante al atacar y retroceda al defenderte. Al principio te costará algo de trabajo, pero esta es la mejor técnica para poder utilizarla.

Karter parecía poner el mayor empeño posible mientras el cansancio comenzaba a mermarle. Mientras yo contemplaba su entrenamiento, recuperando mis fuerzas, no dejaba de darle vueltas a las palabras del emperador y al encargo que nos hizo en los jardines del patio exterior. Hatik nos pidió que acabáramos con Artrio si resultaba ser un traidor, pero, ¿cómo podíamos hacer eso? Él era nuestro amigo casi desde la infancia, crecimos y soñamos juntos, y ahora no podíamos ni siquiera concebir la idea de que él formase parte del ejército rebelde. Pero el capitán parecía estar seguro de lo que había visto.

Ahora que éramos soldados, supuse que podría tener la confianza suficiente como para hablar con él acerca de lo sucedido y saber cuál era su opinión al respecto. Pensaba que así podría aclarar mis dudas acerca de lo que nos encargó el emperador, pero hicimos una promesa de no hablar de ello con nadie. No sabía qué hacer hasta que se acercó a mí y me hizo volver al mundo real.

-Karter estará un buen rato peleándose con el maniquí, y tú tienes que seguir entrenando, así que deja de estar de brazos cruzados y vamos a darte un oponente más digno-dijo sonriendo ampliamente, como si estuviera planeando algo grande-. No haré venir a ningún soldado, solo tenemos permiso para estar aquí nosotros tres, así que yo seré tu rival esta vez. Intentaré no emplearme a fondo y ser bueno contigo, aunque creo que eso no te supondrá ningún problema-dijo riéndose, haciendo una clara referencia a la prueba.

Cogió un par de espadas sin filo y me tendió una. Ambos nos ataviamos con una coraza, unos brazales y unas grebas de cuero, y un yelmo bastante ligero y con pequeñas abolladuras. Chocamos nuestras espadas en señal de respeto por el adversario para comenzar el duelo y nuestro primer movimiento fue mutuo: retroceder un paso para poner distancia. Por un momento dejé de escuchar a Karter, quien parecía haberse decidido a tomar un descanso para contemplar la pelea.

El capitán decidió dar el primer paso, y esta vez parecía estar mucho más decidido que el día en que nos batimos por primera vez. Eso me hizo tener que estar más atento y concentrarme al máximo si quería poder estar a la altura. Desvié la trayectoria de su espada con la hoja de la mía con un golpe, y quise intentar contraatacarle bajando la espada y lanzando un tajo hacia su vientre en horizontal. El capitán hizo que ambas armas volvieran a chocar una segunda vez y, durante el forcejeo, pateó mi estómago para echarme atrás. Esta vez no me dejaría vencer tan fácilmente, mantuve el equilibrio para evitar caerme tras retroceder un par de pasos y me preparé para un segundo asalto.

Esta vez lo inicié yo, que me abalancé contra él cargando con la punta de la espada en dirección al pecho. Era un ataque bastante fácil de evitar, y yo lo sabía, por lo que, en el último momento y tras prever la dirección que seguiría la hoja de la espada de mi oponente, me impulsé con el pie izquierdo para hacer una finta y desviar mi trayectoria, pasando por el lado derecho, desde mi posición, del capitán, quien parecía no haberse esperado tal final. Terminé la acción golpeándose en el costado con la empuñadura de la espada y me alejé de él un par de pasos para darle tiempo a prepararse, y dármelo también a mí para ver cuál sería su siguiente movimiento.

-No me queda otra más que emplearme por completo contigo, ¿eh, muchacho?-dijo el capitán orgulloso de que hubiese sido capaz de atravesar su guardia-. Karter, deja de holgazanear y sigue trabajando-le replicó antes de lanzarse a por mí.

Utilizó todas sus fuerzas para lanzarme un tajo directo desde abajo que me pasara por encima de mi pecho en diagonal. Pero, no sé si por suerte o por mi agilidad, conseguí evitar que la punta de su espada me alcanzara y solo rozara levemente la coraza dando un salto hacia atrás. Sorprendido por su rapidez, no pude percatarme de que volvía otra vez a la carga, esta vez empujándome con su hombro en un placaje para echarme hacia atrás y, posteriormente, volver a hacer el mismo movimiento de antes pero a la inversa.

El empujón me hizo trastabillar y casi perder el equilibrio, por lo que no pude evitar su segundo golpe, el cual sentí al alcanzar la coraza. No llegó a atravesarla, pues la hoja de la espada no tenía filo y el cuero era bastante resistente, pero sí me hizo caer al suelo de espaldas con un fuerte golpe. Me quedé durante unos segundos tirado en el suelo, recuperando el aliento, con la frente perlada en sudor. El duelo había sido breve pero intenso, e hizo que me diera cuenta lo mucho que me hacía falta entrenar y perfeccionar mis habilidades.

-No te sientas mal por ser derrotado dos veces-dijo mientras se quitaba el yelmo y me tendía la mano para ayudarme a levantarme-. Por algo estoy donde estoy y no enterrado en el cementerio junto a viejos compañeros caídos en batalla, ¿no crees?

-Poco a poco mejoraré hasta poder derrotarle, señor-contesté con algo de arrogancia, todo sea dicho, pero con la creencia de que algún día podría poder igualar sus fuerzas.

-Espero que así sea, Celadias. Y, cuando creas que puedas derrotarme, aceptaré gustoso un nuevo duelo-aceptó el capitán con una sonrisa orgullosa mientras contemplaba a Karter, quien parecía que había mejorado un poco con el manejo de su espada-. Será todo un honor ser derrotado por ti, eres un caso único. Hacía mucho tiempo que no veía a un recluta con tanto potencial y tanta seguridad en sí mismo.

-A veces las dudas me hacen plantearme si sigo el camino correcto-confesé con seriedad, sin querer ocultar mis temores.

-¿Dudas acerca de tu amigo?-preguntó mirándome de reojo para poder ver que mi respuesta se resumía solo en asentir con la cabeza-. Quizá mis ojos me engañaran y solo viese a un joven con cierta similitud a él, por lo que no deberías preocuparte demasiado. Sigue el camino que dicte tu corazón y que tú creas que es el mejor.

-Pero, ¿y si fuese cierto que Artrio es un rebelde?

-Si te soy sincero, a mí también me consta que él no lo es. Pero, como comprenderás, tras un ataque como el que sufrimos la pasada noche no podemos permitirnos el lujo de confiar a la ligera. Mis ojos han visto dos cosas totalmente opuestas que hacen referencia a él: a un chico ambicioso y aventurero con ganas de conocer el mundo y saber manejar bien una espada con el único fin de poder defenderse de los peligros de sus viajes, y a un joven rebelde matando con su acero a nuestros compañeros porque se interponían entre él y la ciudad. Si tuviera que juzgar por lo que ven mis ojos, no sabría si ver en él a un simple viajero o a un enemigo.

Las palabras del capitán no fueron de mucho consuelo para mí, sobretodo cuando se tornaron cansadas y confusas al final. Y mis dudas aun permanecían en mi cabeza sin poder aclararlas. Si tan solo pudiese desahogarme contándole al capitán lo que hablé con el emperador, quizá pudiera llegar a ver alguna luz que aclarase mi camino.

Al terminar la sesión matinal, comimos con el capitán, en el patio, algunos trozos de pan y una pieza de fruta cada uno, acompañados por algo de vino que nos ofreció el capitán, el cual lo guardaba en una bota que dejó junto a su alforja. Una vez recobramos fuerzas y reposamos la comida, nos pusimos en marcha con el entrenamiento. Esta vez, el capitán nos enseñó algunas técnicas para que fuésemos familiarizándonos con las armas y pudiésemos adelantar algo para el día siguiente. A Karter le asignó la infantería pesada, como supuse desde el primer momento, y a mí me invitó a que formara parte de la infantería ligera, donde, según dijo, me veía un gran futuro con posibilidades de ascender con rapidez. Claramente, ahí era donde yo quería formar parte, por lo que acepté sin dudar.

martes, 23 de junio de 2015

Capítulo 5: Tomar una decisión



El camino de regreso a casa se me complicó bastante. Me sentía aturdido y mareado, y no conseguía entender del todo cómo era posible que pudiera mantenerme en pie y seguir andando. En casa me esperaban despiertos Kestix y mi madre, quienes seguían preocupados por mí. Creo que verme vivo no fue suficiente para calmarles y que mi estado hizo que se preocuparan aun más. Pero yo no pude hacer más que irme a la cama a intentar conciliar el sueño.

La noche fue agitada, apenas conseguí dormirme un par de veces y durante poco tiempo. Me pasé gran parte de la noche dando vueltas sobre el camastro e intentando ordenar mis pensamientos, tratando de saber cuál era el camino que debía seguir a partir de entonces. Agradecí que llegara el amanecer para acabar con aquel tormento que había sido mi noche y me levanté casi sin ganas de nada, aunque con la convicción de seguir el camino que, finalmente y tras tantas horas de sufrimiento, había decidido seguir. Hice algo de tiempo en el silencio de mi alcoba, tratando de no hacer ruido para no molestar a mi familia, antes de bajar y coger una manzana para alimentarme a lo largo de la mañana, si en algún momento me entraba hambre. La envolví en un trozo de tela limpio y la eché en una alforja pequeña.

Al salir de casa me encontré a Karter, quien me preguntó con seriedad si había tomado ya una decisión. Mi única respuesta fue asentir con la cabeza y dirigirme junto a él hacia el palacio. Al medio día, en el patio exterior del palacio, sería nuestro nombramiento como soldados, y nuestra última oportunidad para echarnos atrás. El patio exterior resplandecía por el reflejo del sol sobre las losas de piedra blanca del suelo. El acceso al interior del palacio se encontraba tras dos escaleras de mármol junto a un muro grisáceo en un extremo del patio que se acababan uniendo a la mitad del recorrido para seguir subiendo hasta la parte superior, donde se encontraban los jardines y desde el cual se colocaría el emperador para presenciar el nombramiento.

Cuando llegamos al lugar ya había varios guardias rodeando el perímetro con sus lanzas y armaduras relucientes, y algunos de los aspirantes que habían conseguido superar las pruebas. No tardaron en aparecer los demás y alguien que supuse que sería un caballero del emperador. Tenía un porte distinguido, típico y característico de alguien que pertenece a la nobleza. Dejaba caer su sedoso cabello negro sobre sus hombros. Su rostro parecía delicado pero severo al mismo tiempo, lo que, por alguna extraña razón, parecía hacerse respetar.

-Todos los presentes habéis superado las duras pruebas para formar parte del glorioso ejército antrano-comenzó a hablar, alzando la voz-. Aquí, sobre el suelo que vosotros estáis pisando ahora, hace años se libró la batalla más importante de la historia, en la que el reino de Arstacia cayó y que puso fin a la guerra. Antran, en una demostración de su infinita benevolencia, permitió a la ciudad invadida que conservara el nombre de su antiguo reinado. Ahora tenéis el honor de ser nombrados solados en el mismo suelo donde se derramó sangre por la gloria del imperio. Aunque aun estáis a tiempo de retractaros si lo deseáis. No os juzgaremos, sois hombres libres-ninguno de los presentes se movió entonces-. Cuando os llamemos, os arrodillaréis frente a las escaleras y al emperador, y haréis el juramento o anunciaréis en voz alta vuestro arrepentimiento.

Un guardia con un pergamino desenrollado se puso junto al noble caballero y comenzó a nombrar uno a uno a los aspirantes. Algunos hicieron su juramento de lealtad, y pocos fueron los que abandonaron, supuse, por la experiencia vivida la noche anterior en el campo de batalla. Karter fue con paso decidido y, siendo claro con sus palabras y su voz, juró lealtad al imperio y pidió servir al ejército. Y, cuando pronunciaron mi nombre, sentí nuevamente que el mundo se paraba y que todas las miradas presentes en el patio se dirigían hacia mí. Las dudas volvieron a aparecer en mi cabeza y, con paso inseguro, me acerqué hasta el punto en el que todos se arrodillaron. Me mantuve en silencio y con una rodilla apoyada en el suelo durante unos segundos hasta que, con voz alta y clara, pronuncié palabra:

-Yo, Celadias, juro ante el emperador y frente a todos los presentes mi lealtad, ofrezco mis servicios como soldado, hasta que la muerte me lleve en sus brazos con los dioses o sea tan anciano que una espada en mis manos solo sea una carga para mí, para mis seres queridos y para el imperio.

Tras unos segundos hasta que el emperador dio su visto bueno y me confirmaron que podía levantarme, me dirigí hacia donde se encontraba Karter, a un lado de la escalinata, esperando nuevas órdenes. Tras la ceremonia, los que acabamos convirtiéndonos en soldado fuimos llamados por el capitán para iniciar los primeros entrenamientos. Pero el mismo noble de antes nos detuvo a Karter y a mí.

-Capitán, espero que comprenda la importancia que supone el asunto para que un caballero del emperador tenga que intervenir en esto, y le ruego que entienda que necesitemos hablar con Karter y Celadias a solas-comentó con tranquilidad.

-¿Es por el informe que entregamos anoche?-preguntó el capitán, queriendo confirmar la relevancia del tema. El caballero solo asintió con la cabeza y el capitán se quedó callado durante unos segundos con bastante seriedad-. Está bien-dijo al fin-, no pasará nada porque se pierdan un entrenamiento. Mañana les asignaremos sus funciones y podrán incorporarse con normalidad.

El noble parecía satisfecho con la resolución del capitán, quien se despidió con una reverencia mientras su mano derecha se posaba cerrada en el pecho y le dio la espalda para unirse a los nuevos reclutas para la asignación de sus responsabilidades y para comenzar su preparación para el cumplimiento de estas. Mientras, Karter y yo subimos las escaleras junto al caballero, cuyo nombre era desconocido para nosotros hasta que se presentó frente al emperador.

-Gracias, Hatik-agradeció el emperador, un hombre de mediana edad y algunas arrugas ya visibles, con un rostro imponente y severo, y una mirada que helaría la sangre de cualquier humano. Aquella fue la primera vez que nos presentaron ante el emperador y la primera vez que le tuvimos cerca-. Ustedes dos debéis ser los reclutas Karter y Celadias, ¿cierto?-preguntó el emperador dirigiendo su mirada hacia nosotros, quienes respondimos con un solemne saludo golpeando nuestro pecho con la mano derecha cerrada-. Venid conmigo, por favor. Quisiera dar un paseo por el jardín mientras hablo con vosotros.

Sin esperar respuesta, el emperador se puso en marcha y comenzó a caminar por un pequeño sendero de piedra que contrastaba con la hierba que rodeaba el camino principal que iba directo hacia el palacio. A nuestro alrededor podíamos ver flores de todos los tipos y todos los colores, algunas de las cuales ni siquiera podíamos habernos imaginado que existieran hasta que las vimos en ese momento frente a nuestras miradas. Incluso Tren, quien, seguramente, había estudiado aquellas flores, las miraría incrédulo de que las tuviera delante de sus narices.

-Anoche sufrimos un ataque inesperado por parte de los rebeldes. Aunque no es algo que desconocierais, pues estuvisteis presente-comenzó a comentar-. Pero de lo que tengo que hablaros es posible que sí os pille de sorpresa.

Tras ese último comentario se paró en seco para girar su cuerpo y quedar cara a cara con nosotros. El noble que nos acompañaba no se separaba del lado izquierdo del emperador, y pude darme cuenta que, cuando él se giró, el caballero cambió su posición pero manteniéndose en la misma forma, con las manos tras su espalda.

-El capitán pudo ver con sus propios ojos una figura similar a la de uno de vuestros amigos. Dice que no había lugar a dudas, que le había visto muchas veces en la ciudad y que él había hablado con vosotros en más de una ocasión, pero, como habéis podido comprobar, el campo de batalla es algo caótico y desordenado. Sería muy fácil confundir una cara cuando estás peleando por conservar tu vida y la de miles de personas más. Por eso quería preguntaros algo: ¿Dónde se encuentra vuestro amigo Artrio?

Karter y yo nos miramos incrédulos por la pregunta, y algo me dijo que ambos entendíamos a dónde quería llegar el emperador, lo que nos sorprendió aun más.

-No lo sabemos, mi señor-dije yo adelantándome a Karter-. Lo único que sabemos es que se fue de viaje hace seis días y que volvería mañana. Jamás nos dice a dónde se dirige ni a qué se dedica.

-Creemos que simplemente ha encontrado su oportunidad de cumplir su sueño y viajar por el mundo-añadió Karter a mi explicación-. Él siempre nos hablaba de ver tierras nuevas y de vivir aventuras, y pensamos que es lo que está haciendo ahora mismo.

-¿Y por qué no os lleva a vosotros con él?-preguntó el emperador. Parecía que no nos creía y que estaba buscando algo con lo que pillarnos.

-Supongo que no quería ser un estorbo para cumplir nuestros sueños-respondió Karter esta vez.

-¿Y cuáles son? ¿Ser soldados?-ambos asentimos con la cabeza ante esa pregunta-. ¿Cuánto suelen durar sus viajes?

-Solo ha hecho tres viajes desde que empezó a irse de la ciudad-respondí yo-. El primero duró un par de días. El segundo fue el más largo, que duró semana y media.

-Y este viaje es de siete días… una semana-concluyó el emperador pensativo-. ¿Eso no os hace sospechar?-preguntó nuevamente, aunque tuvo que explicarse al ver nuestra cara de desconcierto-. Una semana y media no es suficiente para descubrir nuevas tierras y vivir aventuras. Un buen aventurero abandona sus tierras de manera indefinida, a veces ni siquiera vuelve a su hogar.

-Creemos que no quiere despedirse de Arstacia todavía-dije en defensa de Artrio. Sabía a lo que quería llegar el emperador, y me negaba a aceptar que Artrio estuviera con los rebeldes-. Él nació y creció aquí, es normal que no quiera desprenderse de una parte tan importante de su vida.

-También sabemos que su padre, Gurt, fue uno de los mejores soldados del antiguo rey de Arstacia, y aun sospechamos que pueda tener algunos lazos con los rebeldes-dijo el emperador con tono frío y desconfiado-. No sería de extrañar que su hijo fuese la espada y el escudo de su padre en el ejército rebelde.

-¡Artrio no es un rebelde!-gritó Karter, a quien le tuve que agarrar del pecho por miedo de que el caballero del emperador tomara aquello como una amenaza. Pero ni el noble ni el emperador hicieron un solo gesto.

-No podemos estar seguros de que así sea-dijo el emperador empezando a mostrar algo más de acercamiento y comprensión por nosotros-. Sus viajes inexplicables, sus repentinas desapariciones, que vuelva dos días después de un ataque, que su padre haya sido un soldado del antiguo régimen y que el capitán haya reconocido a alguien similar en el campo de batalla nos hacen dudar de que Artrio sea quien dice ser. Por eso os voy a dar vuestra primera misión. Aunque antes debéis saber que todo lo que hablemos entre nosotros cuatro a partir de ahora es confidencial y debéis mantenerlo en estricto secreto-Karter y yo asentimos con la cabeza, aceptando su condición-. Sois dos jóvenes talentosos y fieles, así que puedo confiar en vosotros. Averiguad más acerca de Artrio y de sus viajes secretos y mantenedme informado a partir de ahora.

-¿Y qué debemos hacer si descubrimos que es un aliado rebelde?-preguntó Karter con brusquedad. Incluso sentí algo de temor en sus palabras, aunque lo ocultaba bastante bien. A decir verdad, ambos compartíamos el mismo temor, creyendo conocer de antemano cuál sería la respuesta del emperador.

-Creía que no sería necesario responder a esa pregunta-respondió, esta vez el noble, con indiferencia-. Por el bien de la ciudad y para evitar nuevos problemas con los rebeldes, la mejor opción sería acabar con su vida.

-Obviamente, sería mejor si pudiera ser fuera de la ciudad-aclaró el emperador-. Ya sabéis, para ahorrar problemas y discordias entre los ciudadanos. ¿Qué pensarán de ustedes dos si matáis a alguien y no recibís un castigo apropiado por el asesinato de uno de sus semejantes? No podemos proporcionarles pruebas que lo justifique y todos pedirían vuestras cabezas.

-Esta misión es de vital importancia y por el bien común-comentó el caballero, acercándose a nosotros mientras el emperador nos daba la espalda y comenzaba a alejarse en dirección al palacio-. Si conseguís incriminarle y acabar con su vida, la gratitud del emperador estará con vosotros y será generoso con vuestros deseos. Siempre y cuando, claro está, esta conversación siga manteniéndose en la más estricta confidencialidad. Todo depende de vosotros-en ningún momento hizo un solo gesto, permaneciendo impasible con sus palabras-. Buena suerte, muchachos. Confiamos en que seréis capaces de superar esta misión con éxito, así que, por favor, no nos falléis.

viernes, 19 de junio de 2015

Capítulo 4: Dudas



Se hizo la noche tras el atardecer cuando salimos del cuartel donde nos aceptaron como soldados a Karter y a mí y nos habían dado nuestras primeras instrucciones para el día siguiente. Había sido un día bastante duro para ambos, por lo que decidimos retirarnos a descansar cada uno a nuestras casas y prepararnos para nuestro nombramiento y para los primeros entrenamientos dentro del ejército, al día siguiente. Pero no me podía imaginar que nuestro reencuentro fuese a ser esa misma noche, y menos de la manera en la que nos lo deparaba el destino.

Apenas había empezado a cenar con mi madre y con Kestix, contándoles cómo había sido mi brillante pelea contra el instructor y cómo me había felicitado posteriormente, cuando resonaron las alarmas desde el campanario junto a la plaza. El tañer y el ritmo en el que repicaban las campanas solo podía ser un llamamiento a los soldados para reunirse de urgencia en la plaza, sin importar el turno que tuvieran.

-Aun no te han nombrado soldado, Celadias, no tienes por qué ir-dijo mi madre preocupada, pues aquella alarma solo podía significar una cosa.

-Es mi deber. Aunque el nombramiento sea mañana, me siento obligado a asistir. No te preocupes, seguro que no será nada importante-contesté con tono serio y tranquilizador mientras vaciaba el contenido de mi vaso antes de ponerme de pie.

Besé la mejilla de mi madre y le revolví el pelo a mi hermano para tranquilizarles y salí corriendo de la casa. Me dirigí a toda prisa hacia la plaza y, por el camino, pude ver a varios hombres, algunos más corpulentos que otros, corriendo también en la misma dirección. Más tarde comprenderíamos que el llamamiento a los soldados era para evitar la entrada de tropas rebeldes que habían sido avistadas aquella misma tarde en los bosques del sur y que habían comenzado a movilizarse por la llanura que nos separaba.

-Veo que los que esta mañana eran aspirantes ahora quieren aspirar a ser soldados de verdad, ¿eh?-dijo el capitán, un hombre de mediana edad y gesto serio, quien ya portaba la armadura-. No estáis obligados a luchar esta noche, pero, si decidís hacerlo, aseguraos de llegar vivos a vuestro nombramiento. Al menos podréis morir con el honor de haber sido nombrados soldados.

El capitán concluyó indicándonos que nos preparáramos en los cuarteles, donde encontré a Karter terminando de ponerse la armadura. Ni siquiera tuvimos tiempo para saludarnos entre aquel barullo caótico, por lo que simplemente cruzamos miradas cómplices deseándonos suerte. Me preparé lo más rápido que pude, ataviándome con un yelmo, una loriga para cubrir mi torso, unas hombreras, las manoplas y el guardabrazos en la parte superior, y unas grebas en las piernas, además de un escudo cuadrado con el blasón de un águila negra con las alas extendidas cuya cabeza dirigía su mirada hacia su derecha. Aquella armadura parecía la más adecuada para la ocasión debido a su ligereza y a la rapidez para equiparlas. Y en aquel momento era cuando compadecía a quienes tenían que equiparse las pesadas armaduras. En aquel momento tuve más claro que nunca que prefería alistarme en las tropas de infantería ligera con tal de no tener que llevar jamás ese armatoste, pues, pese a que la protección que llevaba era ligera, aun tendría que acostumbrarme a llevarla puesta y no podía imaginarme portando algo tan pesado.

Regresé corriendo, una vez terminé de prepararme, a la plaza, donde me asignaron al escuadrón al que me uniría tras la entrada sur de la ciudad. Y ahí me di cuenta de que ese escuadrón estaba formado básicamente por los mismos que habían estado presentes en las pruebas, excepto algunos soldados ya nombrados pero que, posiblemente, no tendrían experiencia aun. Me preguntaba si acaso éramos el último recurso del imperio para defender la ciudad y mis dudas se confirmaron en el discurso del capitán.

-Nuestra misión consistirá en defender esta entrada en caso de que las tropas del exterior no consigan retenerlas. Esta será vuestra primera experiencia en combate real, y los dioses han querido que ocurra antes de que muchos de vosotros fueseis nombrados soldados. Sin entrenamiento no sois nadie, así que será mejor que recéis para que esos rebeldes no alcancen las murallas.

-Al capitán deberían darle algunas lecciones de estimulación a los reclutas-oí murmurar por lo bajo a uno de nuestros compañeros. Y, por suerte para él, parecía que el capitán no había escuchado nada.

El tiempo fue pasando mientras, desde nuestra posición, solo podíamos escuchar el fragor de la batalla a lo lejos, donde chocaban las espadas unas con otras produciendo un sonido metálico bañado por los gritos agónicos de quienes eran alcanzados por el acero de su enemigo. Ante un grito proveniente desde las alturas de la muralla que avisaba de que algunas tropas se dirigían hacia la entrada desde los flancos, el capitán hizo la señal de que saliéramos al exterior y nos apostáramos frente al sendero que conducía hacia el bosque formando un bloque donde los más experimentados estaban al frente.  Pude sentir por primera vez la excitación de estar en una batalla real, junto al miedo y el respeto ante el enemigo. Pude ver cómo las tropas que formaban la delantera de la resistencia seguían enzarzadas en la batalla al frente y parecían confiar en nosotros para defender la ciudad de las tropas que se avecinaban desde los flancos. Y fue en ese momento en el que supe la responsabilidad que otorgaba portar una espada antrana entre mis manos, y que no podía fallar ahora que aquella responsabilidad recaía sobre mí.

Pasamos unos segundos contemplando el avance hasta que el capitán dio la orden de avanzar. Entonces, el bloque se dividió en dos grupos que corrieron a la carga de las dos avanzadillas de los rebeldes; y los escudos de ambos bandos en ambos frentes chocaron con brutalidad, provocando un sonido casi ensordecedor. El forcejeo perduró durante medio minuto en el flanco donde acabé, hasta que la formación del enemigo acabó cediendo. Aunque no supe en qué momento exacto nuestra formación se rompió también y resultó en una lluvia de acero golpeándose los unos con los otros. Me sentía confuso y desorientado; nunca antes me había imaginado que combatir en un campo de batalla fuese como aquello.

Cuando reaccioné, volviendo a la realidad, tenía un guerrero rebelde alzando su mandoble frente a mí, dispuesto a cortarme en dos. Pude sentir la fuerza con la que bajó la hoja de la espada en mi dirección cuando, al apartarme de un salto hacia mi derecha, el aire cortado acarició mi brazo, avisándome de que aquella hoja había pasado muy cerca de mí. Aquel hombre parecía estar tan seguro de su éxito que hasta se sorprendió de que hubiese esquivado su ataque, y no parecía tener nada planificado para lo que le iba a venir a continuación. Dirigí la punta de mi espada hacia su costado, incrustándola con fuerza para clavarla en uno de sus pulmones. Las fuerzas de aquel soldado desaparecieron de repente y su peso empezó a ceder, cayendo al suelo mientras la hoja se deslizaba suavemente por la herida, entre las costillas del difunto, hasta salir al exterior bañada en la sangre carmesí que antes pertenecía al guerrero. Entonces me di cuenta de que había matado por primera vez a un hombre, y tuve una extraña sensación de culpabilidad.

Por alguna razón, y pese a ser consciente de que había evitado la posible pérdida de numerosas vidas a manos de aquel guerrero, me sentía extrañamente culpable por haberlo matado. Y me pregunté si aquello estaba hecho para mí, si hice bien en convertirme en soldado y si estaba preparado para seguir matando, aunque fuese por una causa justa. A mi alrededor notaba cómo decenas de hombres seguían combatiendo con la furia de mil bestias que se engrandecían excitados con la victoria frente a su oponente, pero yo era incapaz de seguir en pie. Las rodillas me fallaron y acabé cayendo sobre ellas mientras mi mente seguía perdida en un mar de dudas, en un alboroto de pensamientos que se contradecían unos y otros. Mientras trataba de convencerme de que lo que había hecho estaba bien, una parte de mí no podía evitar reprocharse el haber arrebatado la vida de una persona.

Mi mente vagaba por la oscuridad en un mar de dudas hasta que una voz me trajo de vuelta a la realidad, acompañada por un buen puñetazo que casi me derriba y me hace quedar de espaldas contra el suelo.

-¡¿Qué se supone que estás haciendo, Celadias?! ¡¿Acaso quieres que te maten?!

Tardé un poco en poder diferenciar a aquel sujeto, pues el golpe me había dejado aturdido, pero la voz era irreconocible incluso a pesar del ruido. Karter se había plantado delante de mí y me estaba sermoneando.

-No sé si estoy preparado para seguir luchando, Karter-comencé a explicarle con la voz algo quebrada-. ¿Y si esto no es lo mío? No soy capaz de volver a matar ahora que sé cómo se siente al matar a alguien.

-¡No seas cabezota! ¿Acaso quieres que lleguen a la ciudad y arrasen con todo lo que vean? Quizá ahora no te sientas preparado para matar a nadie, aunque sea por una buena causa, pero tienes que ser fuerte si quieres proteger a tu familia y a tus amigos-en ese momento, y aun a sabiendas de que tenía razón, seguía sin sentirme preparado para ello-. Hagamos una cosa: Lucha y sobrevive, y, mañana, cuando nos nombren soldados, decide si quieres seguir luchando como hoy.

Tras aquello, y sin tiempo que perder, me dio la espalda y siguió combatiendo contra las fuerzas rebeldes que, poco a poco, iban ganando terreno. Y pensé que aquella ventaja que estaban consiguiendo podía ser por mi culpa, por haberme derrumbado en mitad del combate. Cogí mi espada del suelo y, decidido a acabar con aquello, me alcé con todo el valor que pude acumular y arremetí contra el enemigo, lleno de rabia.

La batalla seguía desgastándome por dentro, arañando mi mente y llenándola de turbios pensamientos que me impedían ver con claridad. Solo conseguía pensar en las vidas que iba sesgando, no con facilidad, y en sus razones para luchar, en por qué estaban ahí peleando contra un imperio, en qué les aguardaba tras la batalla y en si ellos también tendrían algo que proteger, como una familia, así como en mis razones para empuñar una espada, para volver a levantarme contra ellos, para seguir luchando, para combatir hasta la muerte, ya fuese la de ellos o la mía propia. Todos aquellos pensamientos seguían enturbiando mi mente mientras detenía las acometidas de los rebeldes al tiempo que lanzaba mis propias contraofensivas para derribarles. Sabía que mi espada era la que hacía brotar la sangre de sus heridas, era plenamente consciente de ello en todo momento.

Varios gritos de retirada comenzaron a sonar por toda la llanura y los soldados rebeldes comenzaron a correr hacia los bosques, hacia el sur. Algunos de nuestros soldados los persiguieron para darles caza por el camino, para mermar sus fuerzas y asegurarse de que no volvieran a intentar algo así, mientras que yo me retiraba con paso lento hacia la seguridad tras las murallas. Una vez dentro de la ciudad, me apoyé en el muro de piedra y, sin poderlo evitar, comencé a vomitar, afectado por lo que había visto y hecho aquella noche. Karter, quien me vio en aquel deplorable estado, se acercó a mí para posar su mano sobre mi hombro, un acto tranquilizador.

-No pensamos en esto cuando nos decidimos a entrar en el ejército-dijo con voz cansada, y fue entonces cuando dirigí mi mirada hacia él, primero contemplando sus manos y luego su armadura. Estaba bañado en sangre, al igual que yo, pero él no parecía estar ni la mitad de afectado que yo. De hecho, mirando a los demás soldados, muchos parecían jactarse de la facilidad con la que evitaron el asedio y de cómo arrancaban sus vidas una a una-. Mañana nos nombrarán. Yo ya he tomado una decisión, aunque supongo que tendré que esperar a mañana para saber la tuya. Eres fuerte, Celadias, tenlo claro-dijo terminando de hablar antes de alejarse de mí, sin llegar a despedirse.

-Tu amigo tiene razón, chico. Eres bastante más fuerte de lo que crees-dijo una voz serena tras de mí. Al girarme, resultó ser el mismo capitán del escuadrón donde fui asignado-. A muchos nos ha pasado lo mismo que a ti en nuestra primera batalla. La diferencia es que nosotros ya estábamos preparados para esto, o eso creíamos. Algún día te acostumbrarás a esto.

-¡Pero yo no quiero acostumbrarme!-repliqué casi alzando la voz-. Pero tampoco puedo soportar la carga de haber quitado una vida, capitán.

-¿Y soportarías la carga de las vidas que quitará tu enemigo?-aquella pregunta volvió a aturdirme como lo hicieron primeramente mis pensamientos tras matar por primera vez-. Piensa en ello, chico. Solo así podrás darle fuerza a tu causa. De otra forma, siempre navegarás en un mar de dudas y tus pensamientos causarán tu derrota. Si quieres sacar a relucir la fuerza que llevas en tu interior, debes darle fuerza antes a tu propósito, a tu causa, a tu lucha.

miércoles, 17 de junio de 2015

Capítulo 3: Buenas noticias



Algunos trabajadores comenzaron a desmontar las vallas que conformaron el palenque donde se desarrollaron las peleas para la primera prueba ante mi mirada mientras esperaba en soledad sentado sobre un banco de piedra a la llegada de Karter. Los demás aspirantes se habían ido a recobrar energías, ya fuese poniendo su cuerpo en reposo hasta la llegada de la hora señalada o llenando su estómago de alimentos llenos de nutrientes. Por otra parte, Artrio ya nos había avisado de que su llegada sería dos días después de las pruebas, aunque, junto a su aviso, nos dejó su promesa de celebrar nuestra entrada en el ejército bebiendo y festejando hasta el amanecer. Ni siquiera Trent, cuya ausencia causó un desconcierto en mí, pudo negarse ante la propuesta del festejo.

-¿Crees que se habrá olvidado de la prueba?-preguntó Karter al llegar de hablar con el instructor y descubrir que aun no había rastro de nuestro amigo.

-Claro que no. Fue él quien ayer nos dijo que no pisaría la biblioteca en todo el día para poder darnos ánimos. ¿Qué te hace pensar que se habrá olvidado?

-Recuerda que tuve que despertarte para que pudieras llegar a tiempo y que casi lo olvidas-respondió con una risotada-. Si tú, que se supone que eres la persona que más interés tiene en este día, eres capaz de olvidarte de algo así, no sería de extrañar que Trent también lo hiciera.

-Recuerda que él está por encima de nosotros en ese aspecto-zanjé el asunto con otra risa.

El tiempo fue pasando con lentitud y, sin esperanzas de que Trent viniera, decidimos volver a casa para comer algo y hacer tiempo hasta que tuviéramos que volver a la plaza.

Por la tarde, en el mismo escenario de antes donde todo se mantenía igual salvo por la ausencia de la estacada, volvimos a reunirnos todos frente al instructor. Esta vez las pruebas eran menos exhaustivas, pero requerían de toda nuestra concentración. Primero nos hicieron superar algunas pruebas de destreza, habilidad e inteligencia. Más tarde, a los que habíamos llegado a la prueba final, nos dispusieron individualmente para que varios soldados nos examinaran con una serie de preguntas para valorar nuestro conocimiento y nuestra actitud para con los compañeros. En mi caso, el soldado que tenía parecía ser alguien que acababa de entrar en las filas del ejército.

Era un hombre joven que apenas tendría dos o tres años más que yo. No tenía ninguna cicatriz visible, lo que me hizo pensar en su falta de experiencia en el campo de batalla o en su habilidad para no haber sido herido hasta ahora. Su piel era bastante pálida y su pelo, corto y rizado, se mostraba de un naranja bastante intenso, al igual que la corta barba que cubría su mandíbula.

-No tienes por qué preocuparte, normalmente todos los que llegáis aquí estáis prácticamente dentro del ejército-dijo con tono tranquilizador y una ligera sonrisa de complicidad en sus labios-. Sería raro que alguien que ha sabido llegar hasta aquí sea incapaz de acertar con sus respuestas. Así que será mejor que empecemos cuanto antes y te quitemos este peso de encima, ¿vale?-asentí con la cabeza, con ganas de terminar aquello y poder tranquilizarme.

Comenzó a preguntarme acerca de las armas que empuñaban los solados y de las distintas partes de una armadura, así como sus escudos, acerca del material que las componían y de su utilidad; preguntó quiénes eran los soldados que empuñaban cada arma y qué clase de soldado quería llegar a ser. Hasta ese punto, pude presuponer que las preguntas eran para evaluar nuestros conocimientos y que, a continuación, llegaban las preguntas de aptitud de un soldado.

Al principio eran preguntas normales, como que nunca debía desobedecer una orden o que jamás debía levantar el arma contra un aliado por más que se torciera la situación. Pero llegó una pregunta que no supe responder y por la que sentí miedo de que todo el camino que había avanzado fuese retrocedido en el último paso.

-El enemigo ha entrado en la ciudad y está tomando las calles. Tu capitán te ordena reforzar las defensas para hacer retroceder al enemigo y, por el camino, encuentras a tus familiares en peligro, atrapados por los escombros de una casa derruida y en llamas. ¿Obedeces la orden de tu capitán o salvas a tu familia?

El gesto del soldado se puso serio y su complicidad parecía haber desaparecido por completo. Y me preguntaba si, quienes se habían visto fuera en la última prueba, habían caído por esta misma pregunta. Por un momento sentí como si el tiempo se parase; los segundos se convertían en minutos, y los minutos en horas. Al pasar unos segundos en silencio, lo que a mi juicio parecía haber sido una eternidad, el soldado suspiró y negó con la cabeza.

-No tienes por qué responder a esta pregunta, siempre la formulan nuestros superiores a los aspirantes para determinar cómo es su lealtad. Cuando alguien responde sin pensar en obedecer, suele tratarse de alguien que nos está mintiendo o que puede resultar un peligro para sus compañeros, pues no podemos confiar en la voluntad de alguien que no es capaz de salvar a sus seres queridos. Luego podemos encontrarnos el caso de quien responde sin pensar en salvar a su familia, lo cual dice mucho de la lealtad de ese soldado y nos anima a creer en su propósito. Pero cuando la respuesta es el silencio-hizo una breve pausa para soltar un segundo suspiro, y volvió a negar con la cabeza, dejando su frase por concluida-. El emperador no quiere esclavos que obedezcan órdenes sin siquiera cuestionarse por qué lo hacen, por eso a los indecisos como tú debemos enseñarles que las órdenes hay que cumplirlas, pero hay cosas mucho más importantes en la vida. Serás un buen soldado, muchacho, pero antes tendrás que aclarar tu mente.

Asentí con la cabeza, algo frustrado por no haber podido responder. Yo tenía claro por qué entré en el ejército, y que en esa situación habría salvado a mi familia, pero, por otra parte, tenía miedo de que mi respuesta hubiese podido ser un estorbo para mi causa. Al final, una vez me alejé del soldado tras indicarme a dónde debía dirigirme, me sentí bastante más aliviado.

Por el camino pude ver que Karter ya había terminado la prueba, y una agradable sorpresa me esperaba junto a él. Al principio solo pude ver a una persona de cabellos rubios con una larga trenza tras su espalda y una túnica blanca, pero, al darse la vuelta, pude reconocer el rostro de Trent. Sorprendido de verle con aquellas vestimentas, propias de un erudito, corrí hasta él para preguntarle acerca de su ausencia y de sus ropajes.

-Perdona que haya tardado tanto, pero el sabio bibliotecario insistió en su petición de que le acompañara a una reunión con sus compañeros-comenzó a explicarse Trent con una felicidad abismal-. Me han ofrecido que me una al gremio de erudición.

-¡Eso es genial, Trent!-exclamé contagiado por su alegría.

-Parece entonces que todos hemos conseguido cumplir nuestros sueños-dijo Karter, quien también parecía más feliz de lo normal-. Artrio está viajando a todas partes del mundo, Trent se convertirá en un erudito, y nosotros dos parece que ya estamos dentro del ejército.

-¿Superaste la última pregunta?-pregunté con curiosidad-. ¿Qué respondiste?-añadí a la pregunta anterior, intrigado por conocer su respuesta.

-Que jamás dejaría de lado a alguien a quien quiero por una simple orden. Eso sí, por un momento pensé que me echarían de una patada.

-Entonces está claro lo que tenemos que hacer a partir de ahora, ¿verdad?-preguntó Trent -. Yo pienso convertirme también en un sabio, y no os perdonaré si no os convertís en los mejores soldados. Así que tenemos que dar lo mejor de nosotros.

-¡Y celebrar las buenas noticias con Artrio cuando regrese a la ciudad!-añadió Karter haciéndose hueco entre Trent y yo mientras rodeaba nuestros cuellos con sus enormes brazos.