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lunes, 14 de septiembre de 2015

Capítulo 22: Verdadera identidad



La conmoción por aquel ajetreo había sido bastante grande. Ris no podía parar de llorar y temblar a causa de la tensión que estaba sufriendo. Dert se mantenía a su lado con entereza, intentando ser su fortaleza. Trent miraba atónito los ojos azules de ambos mientras los demás alquimistas cuchicheaban entre ellos. Los únicos que no parecían haberse inmutado al conocer aquello eran Artrio y el maestre alquimista, quienes se habían puesto a conversar en voz baja el uno con el otro. Y Artrio se acercó a mí para pedirme algo:

-Ris parece haber cogido algo de confianza en ti. Sácala del poblado, a ver si estando lejos de tantas miradas se tranquiliza un poco. El maestre y yo necesitamos hablar con Dert a solas.

-Sabes que esto es por tu culpa, Artrio-le respondí enfadado-. ¿Qué pensáis hacerle a Dert?

-Solo queremos hablar con él para que nos aclare lo de su ojo azul, nada más. Ahora vete con Ris, por favor-dijo sin darme opción a responderle mientras, junto al maestre, se acercaba a Dert.

Pude ver cómo hablaban con él, aparentemente calmados. Cuando soltó la mano de su hermana me acerqué a ella para hacer lo que Artrio me pidió. Le sugerí que fuésemos a un sitio más apartado y no dudó ni un segundo en abandonar la aldea conmigo, dejando la venda, que antes tapaba su ojo, tirada en el suelo donde cayó. Seguimos la corriente del río, alejándonos de las cabañas hasta que nos encontramos a solas a una distancia considerable del poblado. Ris se sentó en la orilla del río metiendo sus pies descalzos en el agua que fluía, sin importarle mojar el borde del camisón.

-¿Por qué ha hecho eso?-preguntó tras todo el camino en silencio, tratando de contener sus lágrimas y tranquilizarse.

-No lo sé-respondí sincero, secando las pocas lágrimas que se atrevían a caer por sus sonrojadas mejillas a causa del llanto-. Él nunca había sido así. ¿Qué pasó en la cabaña? Tu hermano y él parecían haberse pegado-me atreví a preguntar, recordando que ambos tenían marcas de golpes en sus rostros.

-Dert y Artrio discutieron y empezaron a gritarse. Artrio le insistía una y otra vez en que dijera quiénes éramos, hasta que se pegaron. Yo intenté separarlos, pero me llevé un golpe-dijo desabrochándose un poco el camisón para dejar ver un moratón sobre su pecho-. Dert, al verlo, se enfadó más y se abalanzó contra tu amigo. Tuvieron que entrar varias personas para poner fin a la disputa-concluyó abrochándose el camisón de nuevo.

-¿Tú te encuentras bien?-pregunté preocupado al ver que recibió un golpe, apartándole el pelo de la cara para ver si tenía alguna marca más.

-No te preocupes, estoy bien-respondió sonriendo, recostándose sobre mí. Me sorprendí al sentirlo pero dejé que se apoyase en mí, pasando un brazo por detrás de sus hombros para abrazarla-. Dime, Celadias… ¿Tienes miedo de mí?

Aquella pregunta me dejó impactado, y, sin entender por qué la hizo, le respondí:

-Claro que no tengo miedo. ¿Por qué debería tenerlo? Eres una chica bastante dulce y simpática. Que tengas un ojo de cada color no va a cambiar nada.

-Las personas, cuando lo descubren, sienten miedo. Creen que algo malo les va a pasar por estar cerca de nosotros-admitió la joven, con la voz algo temblorosa-. Nosotros no somos malas personas…

-Tranquila, no vamos a haceros nada, ¿vale?-dije intentando calmarla-. Somos amigos, ¿verdad?

La chica asintió con la cabeza. Parecía estar más animada y tranquila después de aquella pequeña charla. Quise preguntarle acerca de por qué tenía aquel ojo azul tan claro cuando Trent llegó corriendo.

-Artrio quiere veros en la cabaña-dijo jadeando, intentando recuperar el aliento.

-¿Ha pasado algo malo?-pregunté, soltando a Ris, quien se puso en pie.

-No, pero tampoco quiero hacerle esperar-dijo riéndose.

Me puse en pie y cogí de la mano a Ris para volver de nuevo al poblado. Todos habían vuelto a sus labores y parecía que habían dejado de lado lo sucedido. En la cabaña se encontraban sentados junto a una mesa Artrio, Dert y el maestre alquimista, quienes nos miraron esperando a que nos uniéramos a la conversación.

-Será mejor que zanjemos este asunto cuanto antes para que estemos todos tranquilos y en paz de nuevo-dijo el maestre con calma-. ¿Por qué no nos contáis lo que sois?-preguntó mirando a los dos hermanos.

-Supongo que todos los que estamos aquí conocemos la leyenda del dios Vyr, ¿verdad?-comenzó Dert, y todos asentimos con la cabeza-. Eso nos facilitará entonces explicarnos.

-Nosotros somos videntes-comenzó a explicar Ris-. A veces tenemos visiones de lo que ocurrirá en el futuro. En ocasiones, esas visiones ocurren cuando estamos despiertos, pero, normalmente, las tenemos en nuestros sueños.

-¿Y por qué tapáis vuestros ojos?-preguntó Trent.

-La primera razón era porque la gente nos tenía miedo por la leyenda de Vyr, porque piensan que las desgracias que predecimos son causadas por nosotros-dijo Ris triste.

-Pero nosotros solo las predecimos en nuestras visiones-le interrumpió Dert, algo alterado-. Esas desgracias ocurrirían aunque nosotros no estuviéramos cerca.

-¿Solo veis las desgracias?-me atreví a preguntar.

-Cualquier acontecimiento importante que cambie el curso del destino lo podemos ver en nuestras visiones-respondió Dert-. Normalmente son cosas que ocurrirán en un entorno cercano al nuestro, o que acabará afectándonos a nosotros de alguna forma.

-Pero también hemos llegado a tener visiones de acontecimientos de gran importancia en el futuro que puedan afectar a muchas personas-terminó de explicar Ris-. Aunque, como ya sabréis, no podemos interferir en ellos.

-Tiene que ser una gran molestia prever la muerte de los demás y no poder hacer nada para cambiarlo. Una maldición en toda regla-apuntó el maestre apesadumbrado.

-Pero ese es el destino de los videntes-dijo Ris agachando la cabeza.

-Creía que solo era una leyenda-dijo Artrio confuso con aquella explicación.

-Somos reales, y hay más como nosotros-contestó Dert-. Lo más molesto de nuestro don, porque nos negamos a considerarlo una maldición de los dioses, es el trato que recibimos de los demás cuando nos descubren.

-¿Es por eso por lo que nunca os asentáis en un lugar?-preguntó Artrio, intentando atar cabos. Y ambos asintieron con la cabeza al mismo tiempo.

-No tenéis por qué temer más entonces-contesté sonriendo-. Podéis venir a Arstacia con nosotros si queréis, no os pasará nada.

-Celadias tiene razón, nosotros podemos protegeros-dijo Trent entusiasmado con la idea de que volvieran con nosotros-. Él es caballero, y pronto se convertirá en alguien importante para el imperio, y tenemos un amigo que es soldado que podría tumbar a cualquiera de un solo puñetazo-añadió riéndose, refiriéndose a Karter.

-No quisiéramos causaros molestias-dijo Dert, declinando la oferta-. Además, Arstacia es una ciudad demasiado grande y podríamos poneros en algún apuro.

-Entonces quedaos en la aldea-dijo el maestre con solemnidad-. No encontraréis un cobijo más tranquilo que el nuestro, y podréis trabajar para nosotros haciendo diversas labores.

-Además, este sitio es bastante seguro-añadió Artrio-. Todo el mundo respeta la labor que realizan los alquimistas con sus estudios y nadie se atrevería a entrar aquí para saquear y hacer daño a quienes, quizá, estén salvando sus vidas.

Ambos hermanos se quedaron en silencio reflexionando la nueva oferta que les había hecho el maestre. Ris, finalmente, rompió el silencio para dar su opinión:

-Podríamos aprender mucho viviendo aquí, y podemos ser de mucha utilidad para los alquimistas.

-Dos personas sin la obligación de estudiar podrían ayudar muchísimo en la aldea-dijo el maestre asintiendo con la cabeza, y miró a Dert-. Tú eres un chico bastante joven y corpulento, podrías ayudar a hacer cabañas más seguras y a reparar sus desperfectos. Y tu hermana podría ser una buena ayudante para los alquimistas.

-Si así está escrito en el destino, supongo que podemos quedarnos aquí-dijo Dert, convencido por las palabras del maestre.

-¡Decidido entonces, nos quedamos!-concluyó Ris bastante ilusionada.

Tras aclarar todo lo sucedido, todo volvió a la normalidad. Trent se unió nuevamente a los alquimistas para estudiar la alquimia durante el resto de nuestra estancia. Artrio ayudó a Dert a integrarse en el poblado para disculparse por el trato que les había dado y para compensarle el problema que les había causado. Ris y yo nos hicimos compañía mutua lo que quedaba aquel día, junto al río. Al medio día del día siguiente, Artrio, Trent y yo ya teníamos todo preparado para partir de nuevo hacia Arstacia.

Todos los alquimistas se reunieron tras el maestre para despedirse de nosotros. Dert y Ris encabezaban el comité con una amplia sonrisa, agradecidos de que entendiéramos la situación y aceptásemos su condición de videntes. Esta vez tenían su ojo al descubierto, mostrándolo orgullosos.

-Espero que los conocimientos que  llevas en tus manuscritos y los que os hemos dejado te sean de utilidad, joven estudiante-dijo el maestre, dirigiéndose a Trent.

-Seguiré estudiando y dando lo mejor de mí.

-Tened un buen viaje y andad con cuidado-dijo el maestre nuevamente, despidiéndose de nosotros.

Ris se separó de su hermano y se acercó a mí, dándome un fuerte abrazo y dejando un beso en mis mejillas.

-Te echaré de menos, Celadias. Prométeme que volveremos a vernos algún día.

-Te lo prometo-respondí con una sonrisa-. Vendré a visitarte y nos volveremos a ver.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Capítulo 21: Ocultan algo...



Durante el resto del camino hacia el poblado de los alquimistas el ambiente estaba bastante animado. Los dos hermanos parecían haber cogido confianza con nosotros. Nos comentaron que no tenían un hogar propio y que por ello siempre viajaban de un sitio a otro. Les resultaba más cómodo no apegarse a ninguna aldea y no crear lazos, aunque no nos dijeron por qué. Solo se limitaron a contestar que era mejor así cuando tenían que despedirse de las personas que les acogían, que era más fácil despedirse cuando el afecto era mínimo. Ninguno de los tres llegamos a entender qué podía tener de malo encontrar un sitio propio donde quedarse a vivir.

Tanto Trent como yo hicimos buenas migas con Ris y con Dert. Pero Artrio, por su parte, siempre se mostraba distante con ellos. Parecía no confiar en ninguno de los dos por alguna extraña razón. Fue por ello por lo que la noche de nuestra llegada al poblado decidí hablar con él.

Los alquimistas, cuando supieron que veníamos aconsejados por el maestre de Arstacia, no dudaron en mostrarse hospitalarios con nosotros. El más anciano de todos, y que parecía ser el maestre alquimista de la aldea, en un acto de generosidad nos proporcionó cobijo a los cinco en una amplia cabaña que había cerca del río donde se abastecían de agua. Aquella noche, mientras todos dormían, le pedí amablemente a Artrio que me acompañara al exterior para conversar con él y preguntarle qué problema tenía con los dos hermanos, sentados junto a la orilla del río bajo el enorme manto de estrellas sobre el cielo despejado.

-Hay algo en ellos que me da mala espina-reconoció suspirando-. Es como si estuvieran ocultándonos algo.

-¿Qué iban a estar ocultándonos? Solo son dos huérfanos que van de un sitio a otro, sin más.

-¿Y por qué no buscan un lugar donde asentarse? Vivimos en tiempos de guerras y es peligroso ir deambulando por ahí para una chica de dieciséis años y un hombre de veinte solos.

-Ella tiene mi edad, y él es fuerte y sabe pelear. Además, tú siempre viajas solo-le repliqué, sin entender por qué veía aquello como algo sospechoso.

-Pero yo solo tengo que preocuparme de mí mismo, no tengo a nadie a quien arrastrar si hay problemas ni un estorbo que me entretenga.

-¿Tan débil me ves que me consideras un lastre?-preguntó una voz femenina a nuestras espaldas, causándonos una gran sorpresa. Ris parecía haberse despertado y salió de la cabaña con un camisón de seda y descalza, además de la venda que tapaba su ojo derecho, la cual no se quitó en ningún momento desde que la encontramos junto a su hermano Dert en mitad del camino, interrumpiendo nuestra conversación y dejando en un aprieto a Artrio.

-Necesitas que tu hermano te cuide y te proteja, ¿o no es cierto?-dijo Artrio, incómodo por la situación, tratando de explicar el por qué de sus palabras y por qué la consideró como un “estorbo”.

-Ambos nos apoyamos mutuamente y nos complementamos para estar cómodos y ser felices-respondió sentándose sobre una roca, alejada de nosotros, con la vista puesta en el reflejo del cielo nocturno sobre el río-. En eso consiste ser hermanos.

-Él pelea por protegerte, poniéndose en peligro-intentó nuevamente explicarse-. Tener que preocuparse por alguien más es un estorbo para una persona que está peleando a vida o muerte.

-Quizá tengas razón, pero ambos aceptamos morir si el destino lo decide así-respondió Ris con indiferencia, sin apartar la vista del río-. No somos nadie para pelear contra el destino, solo contra quienes quieren herirnos. El tiempo decidirá tarde o temprano nuestro final, pero nosotros seremos felices teniéndonos el uno al otro.

-Eso que has dicho es muy bonito-le reconocí sonriendo, intentando animar un poco el ambiente y desviar la conversación a algo más agradable.

-Necesito descansar un poco. El viaje ha sido agotador-dijo Artrio excusándose para volver a la cabaña, dejándonos a Ris y a mí a solas.

-Disculpa a mi amigo-dije cuando Artrio se metió en la cabaña, disculpándome, molesto, por él-. Acababa de volver a casa de un largo viaje de varios meses y aun no se ha recuperado.

 -No te preocupes, puedo entender sus palabras-dijo Ris sin cambiar su expresión en ningún momento-. ¿Puedo preguntarte una cosa?-añadió, mirándome por primera vez en desde que salió de la cabaña. Asentí a su pregunta, aceptando que me hiciera otra-. ¿De qué hablabais para que él dijera que soy un estorbo?

-En verdad no creo que piense eso-admití, dispuesto a contarle la verdad-. Por alguna razón siente que nos estáis ocultando algo, y desconfía un poco de vosotros. Pero es normal en él, supongo. Habrá visto mucho en sus viajes y se habrá vuelto más precavido que antes.

-¿Siempre ha sido así?-preguntó acercándose un poco a mí, bajándose de la piedra. Y negué con la cabeza-. ¿Os ha contado algo de sus viajes?

-Poca cosa, la verdad. Pero supongo que es algo razonable teniendo en cuenta todo lo que habrá visto y vivido-respondí restándole importancia mientras me encogía de hombros.

-Entiendo…-se quedó un rato en silencio, volviendo a desviar la vista hacia el río durante unos largos segundos-. Tu amigo tiene razón, es tarde. Deberíamos dormir un poco-dijo poniéndose en pie y sacudiéndose la parte inferior del camisón-. ¿Te importa si duermo esta noche contigo?

-¿Dormir juntos?-pregunté extrañado por su repentina petición-. ¿Por qué?

-Tengo miedo a la oscuridad. Normalmente duermo con mi hermano, pero esta noche se encontraba muy cansado y no quería molestarle-admitió con la cabeza agachada.

-¿Y por qué has salido de la cabaña si te da miedo la noche?

-Es la oscuridad lo que temo, y aquí brilla un poco la luz de la luna-me corrigió, negando con la cabeza-. Además, os escuché hablando y supuse que no me pasaría nada con vosotros.

-Está bien, puedes dormir conmigo esta noche-accedí sin mucho convencimiento, pero preocupado por ella.

Ambos entramos cogidos de la mano en la cabaña, guiándonos con la luz que emitía el pequeño candil de aceite que cogí para salir, y nos tumbamos sobre la cama, apagando la llama del candil con un soplido. Ella se abrazó a mí para mi sorpresa, aunque entendí que lo hacía por su miedo, así que simplemente nos arropé con la sábana y acabamos por dormirnos.

Al día siguiente, cuando me desperté, vi que Trent no se encontraba en la cabaña y que Artrio ya estaba despierto. Al preguntarle por Trent, solo quiso decirme que se levantó temprano para poder aprovechar el día y aprender de los alquimistas lo máximo posible. Por su tono de voz, parecía estar realmente molesto, y pensé que se trataría por haber pasado la noche con Ris. Dejando a la joven acostada en la cama arropada para que no cogiera frío, me vestí y abandoné la cabaña para tomar el aire.

Caminé por el pequeño poblado para estudiar un poco cómo vivían, cuáles eran sus rutinas y cómo se apañaban para, siendo apenas unos pocos estudiosos, la mayoría ancianos, viviesen en comunidad apartados del resto de las civilizaciones. A pesar de que, en total, serían como mucho cincuenta personas, parecían conformar una sola civilización distinta e independiente de todas las demás, y sentía una gran curiosidad por conocer sus costumbres y su forma de vida. Estuve cerca de una hora caminando por entre las cabañas, viendo curiosos cómo vivían, hasta que empecé a escuchar algo de jaleo. Y parecía provenir de nuestra cabaña.

Corrí lo más rápido que pude y llegué a tiempo de ver cómo Artrio sacaba a rastras a Dert y un par de ancianos cogían de los brazos a Ris mientras una pequeña multitud los rodeaba. Ella ni siquiera se había cambiado de ropa, vestía el mismo camisón de la otra noche y no parecía haber tenido tiempo ni para calzarse sus sandalias. Al no entender  por qué estaba pasando aquello, me metí en medio y me planté frente a Artrio, mirándole enfadado.

-¿Qué es lo que está pasando aquí?-pregunté casi a voces.

-Es hora de que sepamos de una vez la verdadera identidad de estos dos-dijo cabreado, con su pómulo izquierdo hinchado.

-¡Ya te he dicho quiénes somos, no te hemos mentido en ningún momento!-gritó Dert, quien también tenía alguna que otra señal de haber recibido golpes.

-¡Pero no lo que nos estáis ocultando!-respondió empujando a Dert, haciéndole caer al suelo.

-¡Artrio, para ya! ¡¿Te estás volviendo loco?!-le di un empujón para alejarlo de Dert-. Estás paranoico con lo de que nos ocultan algo.

-¿Crees que estoy paranoico?-preguntó Artrio molesto, sacando su daga y apartándome a un lado de un empujón.

Cuando quise reaccionar no llegué a tiempo para evitar que Artrio lanzara un tajo vertical hacia el rostro de Ris. Pero el tajo no llegó a cortar más que la venda, la cual comenzó a deslizarse hacia abajo, cayendo un extremo que quedó colgando. Ris no reaccionó en ningún momento, manteniéndose impasible.

-Si tanto es el interés que tienes de ver lo que ocultamos, lo verás-dijo con seriedad la joven, agarrando el extremo de la venda y empezando a quitársela, dando vueltas alrededor de su cabeza.

Por un momento quería implorar que alguien interviniera y pusiera fin a ese sinsentido, pero una parte de mí decidió callar y dejar que aquella joven finalizase quitándose la venda para saciar la curiosidad que había comenzado a crearse en mí y me hacía sentir culpable. Cuando terminó de quitarse la venda la dejó caer al suelo, dejando ver algo que pareció asombrar a todos los presentes, o a la gran mayoría al menos, y que me causó aun más intriga al verlo.

-Ris, ¿por qué lo has hecho?-preguntó Dert, poniéndose en pie.

-Solo así nos dejarían en paz, Dert. Esta era la única forma de que confiasen en nosotros-dijo la chica, al borde del llanto.

-Su ojo… ¿es azul?-preguntó Trent, saliendo de detrás de la muchedumbre para acercarse a nosotros.

-Ella no es la única-respondió Dert suspirando, quitándose él también la venda para dejar ver su ojo tapado. Ambos tenían un ojo de distinto color al otro. El que mostraban era marrón y el que habían ocultado era de un tono de azul muy claro-. Esto era lo que estábamos ocultando-dijo finalmente al demostrar su secreto, cogiéndole la mano a Ris. La joven era ya incapaz de controlar sus lágrimas y había estallado en un llanto que me creaba aun más sentimiento de culpabilidad por no haber evitado a tiempo que aquello ocurriera.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Capítulo 20: Dos hermanos



Con la excusa de utilizar aquel viaje como una misión del escuadrón, pude finalmente reunirme con mis amigos en la plaza central a la hora a la que acordamos aquella noche. Decidí vestirme con las ropas de viaje más cómodas que encontré y me ceñí la espada que me entregó Garlet al cinto para tenerla siempre a mano. No se me ocurría ningún momento mejor para estrenar la espada que llevándola de viaje con Trent y con Artrio. El sol aun no había mostrado sus primeros rayos de sol cuando yo llegué, pero al menos me aseguraría de que no se fuesen sin mí por haber llegado tarde. Así que me dispuse a esperar sentado en un banco. El primero en llegar fue Trent, quien sonrió ampliamente al verme esperando.

-Temía que al final no pudieras venir-admitió sentándose a mi lado para esperar a Artrio.

-Tanto el maestre como el capitán estaban de acuerdo en que te acompañara en el viaje, así que han preparado un chanchullo para justificar mi ausencia-respondí encogiéndome de hombros, sonriente también.

-¿A qué te refieres?

-Digamos que el maestre tramitará una petición de escolta para ti, y requerirá de mis servicios-dije riéndome.

-¿Puede hacer eso?-preguntó asombrado, y le respondí lo mismo que me aclaró Barferin aquella noche-. Vaya, es asombroso. Ahora sí que eres importante en el imperio.

-¿Tú crees?

-Tu escuadrón no es un escuadrón en sí, ¿sabías? Ahora sois una institución militar independiente del ejército. Sois el primer recurso del emperador en las misiones más importantes y peligrosas, además de que tenéis el privilegio de sumaros al destacamento que os plazca en caso de guerra o, incluso, negaros a participar si el emperador no os requiere personalmente.

-Eso no me lo había dicho Barferin-contesté incrédulo y fascinado por la información que me había proporcionado-. Siempre hemos seguido llamándonos escuadrón.

-Porque en cierto modo lo sois. No sois suficientes para formar dos escuadrones dentro de la institución, y dudo que podáis incluir más miembros, así que una forma resumida de llamaros es esa.

-Vaya… ¿Y tú cómo sabes todo esto?

-Lo estudié en la biblioteca. Quizá algún día os pueda servir como estratega-dijo sonriente e ilusionado por poder compartir mínimamente una afición conmigo.

Pocos minutos más tarde llegó Artrio, con cara de estar bastante cansado. Se disculpó por la tardanza y nos comentó que aun se encontraba exhausto por el viaje que había realizado para volver a Arstacia. A pesar de la insistencia de que se quedara reposando, se negó a dejarnos marchar solos. Decía que era una buena ocasión para recuperar todo el tiempo que se había perdido y que siempre vendrían bien dos manos extras y una cabeza pensante más.

Sintiéndonos incapaces de convencer a Artrio para que volviera a su casa, decidimos ponernos en marcha y no perder más tiempo, sabiendo que nos quedaba una larga travesía por delante y que cada segundo que aprovecháramos para viajar sería útil para poder descansar a la noche. Cuando llegamos ante la muralla, los guardias solamente nos miraron de arriba para abajo, dejándonos atravesar la puerta sin decir nada y sin hacer una sola pregunta.

Cuando el sol ya salió por completo, nosotros ya nos habíamos alejado lo suficiente de la ciudad hacia el norte como para que la muralla se viera minúscula desde nuestra posición. Artrio, que estaba más experimentado que nosotros en esto de viajar en grupos reducidos, preparó su alforja, un enorme saco de tela que llevaba colgado en la espalda, con un par de mantas de piel para refugiarnos del frío por la noche y poder dormir lo mejor posible en el suelo. Trent y yo solo pensamos en la ropa de abrigo para cuando nos acercáramos más al norte, además de las raciones de comida para el viaje que repondríamos una vez llegados al poblado.

El primer día de viaje transcurrió sin ningún imprevisto. Caminamos charlando y riendo, siguiendo los senderos que nos llevaban al norte mientras revisábamos de vez en cuando el mapa que le había dado el maestre a Trent para no perdernos y asegurarnos de que íbamos por buen camino. Acampamos a la orilla de un río que nos acabaría llevando, al día siguiente, hasta un puente que tendríamos que cruzar antes de desviarnos al noroeste.

Trent y yo nos encargamos de buscar las ramas para hacer la hoguera mientras que Artrio preparaba un círculo de piedras donde colocar la hoguera y extendía las mantas. Las dos eran suficientes para nosotros, ya que Artrio y yo nos turnaríamos para hacer la guardia nocturna, aunque yo decidí hacer el primer turno para poder dejarle dormir más tiempo. Se le veía bastante cansado y quería que repusiera fuerzas para el segundo día. Él también se encargó de encender la hoguera cuando apilamos todas las ramas secas que habíamos encontrado.

 Al amanecer, Artrio nos despertó en cuanto los primeros rayos de sol aparecieron por el horizonte. Teníamos que recoger todo y aprovechar todo el tiempo posible para poder descansar antes aquella noche.

La travesía al principio fue exactamente igual que el día anterior, salvo cuando, cerca del medio día, vislumbramos a lo lejos un reducido número de gente concentrada en un solo punto. Al principio, al no poder ver apenas por la lejanía, pensamos que sería un grupo de viajeros descansando. Después nos dimos cuenta de que cuatro de ellos estaban rodeando de manera amenazante a dos encapuchados. Los cuatro que les rodeaban iban con el rostro al descubierto. Un solo cruce de miradas nos bastó a Artrio y a mí para entendernos. Ambos teníamos claro que debíamos proteger a los dos encapuchados. Uno de ellos era alto y corpulento, y la otra figura era más pequeña y escuálida en apariencia.

Nuestras pisadas removieron la hierba bajo nuestros pies, lo que hizo que el grupo amenazante se percatara de nuestra presencia cuando nos aproximábamos hacia ellos. Rápidamente desenfundé mi espada y Artrio sacó un puñal. Gracias al alcance de mi espada, no le di oportunidad a mi oponente a que pudiera desenfundar y protegerse, pero Artrio no pudo decir lo mismo. Escuché cómo su puñal golpeaba algo que produjo un sonido metálico, pero no pude pararme a mirar qué pasó. Los otros dos bandidos tenían también una daga cada uno, y no dudaron en exponerla ante nosotros cuando vieron que les atacábamos.

La figura más pequeña de los encapuchados echó a correr hacia detrás de nosotros, pero la más grande permanecía en la misma posición. Solo se giró para mirar a los bandidos y sacó también una daga.

-Ahora ya estamos igualados-dijo con una voz grave mientras se quitaba la capucha. Tenía el pelo corto y negro bajo una venda que le cubría una pequeña parte de la nuca, y su piel era pálida. En aquel momento no pude ver sus ojos, pero tampoco era que me importase mucho. La cuestión era que nuestras fuerzas parecían estar igualadas y que aquello sería una lucha justa. O eso pensaba.

Al ver que yo blandía una espada y que el acero de mi arma resplandecía brillante, uno de los bandidos le hizo una señal a sus compañeros gritando “retirada” y echando a correr. Solo uno de los dos compañeros que le quedaban pudo seguirle el ritmo. Cuando miré al otro, yacía inmóvil con un profundo corte en el cuello del que brotaba sangre a borbotones. El joven al que habíamos ayudado guardó su daga y suspiró.

-Pensé que darían algo más de resistencia-dijo girándose hacia nosotros. Entonces pude ver que solo tenía al descubierto uno de sus ojos, su ojo izquierdo, el cual era marrón. El otro estaba tapado por la venda-. Gracias por vuestra ayuda, caballeros.

-No somos caballeros-dijo Artrio, aunque pareció querer corregirse después-. Bueno, mi amigo sí lo es, pero yo no. Yo solo soy un aventurero.

-Aun así, sois un caballero para mí-insistió el joven desconocido-. Nos habéis salvado a mí y a mi hermana.

Artrio y yo nos giramos para contemplar a la figura que antes acompañaba a aquel chico y vimos cómo una joven de cabello castaño hasta el hombro y piel pálida se quitaba la capucha que antes tapaba su hermoso rostro. Ella también tenía su ojo derecho tapado de la misma forma. Y su ojo izquierdo también era marrón.

-Gracias por salvarnos la vida-dijo con una voz inocente mientras hacía una reverencia-. Me llamo Ris, y mi hermano es Dert-se presentó con una sonrisa.

-Mi amigo se llama Celadias, y yo soy Artrio-nos presentó.

-¿Podemos preguntaros hacia dónde os dirigís?-pregunté yo tras saludar con la mano.

-Teníamos pensado dirigirnos hacia Merenter, pero nos han llegado noticias de que ha sido arrasada por un ejército de hombres y que ya no queda nada de ese pueblo-contestó Dert-. Por lo que no tenemos pensado aun a dónde iremos ahora.

-Los rumores que habéis oído son ciertos, no queda absolutamente nada. Ni siquiera una sola astilla de los muelles del puerto-confirmó Artrio, con una notoria tristeza en su voz.

-Entonces tendremos que buscar otro destino-comentó Dert.

-¿Por qué no nos acompañáis mientras pensáis en ello?-preguntó Trent, de quien ni siquiera me percaté de que había llegado hasta nosotros-. Quizá en Alquimia os puedan ayudar.

-Además, si vamos todos juntos no os volverán a asaltar-concluí yo, intentando ser lo más convincente posible.

-No estoy seguro de que debamos cruzar nuestros caminos todavía-dijo Dert con un tono bastante enigmático, lo cual me creó bastante desconcierto.

-¡Vamos, será divertido!-comentó Ris sonriente y animada-. Yo me apunto.

-Si Ris dice que va con vosotros, no puedo oponerme entonces-dijo Dert suspirando-. Siempre hace lo que quiere conmigo-al decir eso, Ris sonrió más ampliamente, con dulzura e inocencia en su rostro.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Capítulo 19: Caballero



El día del nombramiento empezó nublado, pero aquellas nubes no serían suficientes para estropear uno de los días más importantes de mi vida, aunque aun no sabía que sería el punto de inflexión de mi carrera. La plaza frente al palacio estaba abarrotada de personas que querían ver de cerca de los nuevos caballeros del imperio. Nos miraban con respeto y admiración conforme pasábamos con nuestras nuevas y elegantes armaduras negras. Todos vestíamos con la misma armadura negra que nos presentó Barferin en el cuartel salvo él mismo, cuya armadura tenía un porte más distinguido y la K del torso se plasmaba rojiza en una larga capa negra que se extendía desde sus hombros hasta casi rozar el suelo. Sujetábamos nuestros cascos con nuestras propias manos, dejando nuestros rostros al descubierto. Solo esperaba que nadie se percatara de mi nerviosismo.

Creyendo que al llegar al palacio tendríamos algo más de intimidad, mis ilusiones de una ceremonia más privada se hicieron añicos ante la mirada de miles de nobles expectantes. Una larga alfombra roja se extendía desde la entrada hasta los pies de las escaleras. Alrededor de la alfombra los guardias se apostaron entre los nobles y nosotros, creando un camino para poder pasar hasta llegar al emperador y a su caballero personal, Hatik.

La ceremonia transcurrió con normalidad tal y como las leyes antranas lo requerían. Los nobles se mantuvieron en silencio hasta que concluyó el nombramiento tras nuestro juramento de lealtad, bastante similar al que tuvimos que hacer al alistarnos como soldados, momento en el cual estallaron en aplausos y vítores. Aunque todos sabíamos que la mayoría eran para el emperador y no por nosotros ni por nuestro nuevo título. Al menos organizaron una fiesta en el salón del palacio en nuestro honor, a la cual pudimos invitar a nuestros seres más cercanos. Aquella sería la primera vez que mis amigos se verían rodeados de tantos nobles en una fiesta tan distinguida. Y lo mismo ocurría conmigo mientras me preguntaba si aquella sería la última fiesta o si, como caballero, estaría invitado a más. Aunque aquel detalle no tenía la más mínima importancia en realidad y aparté ese pensamiento rápido de mi cabeza. Mi madre y Kestix prefirieron quedarse en casa, pensando que no se sentirían cómodos en aquella fiesta. A decir verdad, yo también me sentía fuera de lugar, a pesar de que, en parte, esa fiesta estaba organizada para mí.

Durante un buen tramo de la fiesta me mantuve junto a mis compañeros charlando, riendo y brindando por nuestro nuevo título.

-¿Esto significa entonces que somos nobles ahora?-pregunté en mi más infinita inocencia, y todos se echaron a reír.

-Tenemos un título que no significa una mierda para esos engreídos lameculos con mansiones lujosas hechas de oro-dijo con un tono despectivo, y bastante alcoholizado, Garlet.

-No le quites la ilusión al chaval. Es la primera persona de baja cuna en conseguir un título tan joven-dijo Barferin dándome una palmada en la espalda-. Y deja de beber o nos dejarás en evidencia.

-¡Solo llevo cinco copas!-se quejó replicando Garlet mientras todos reíamos.

-Me da igual si nos siguen mirando como si fuésemos inferiores, yo estoy orgulloso de lo que soy. No necesito tener un título ni estar a su altura en el estatus social para sentirme bien conmigo mismo-dije, sorprendiéndome algo más tarde.

-¡Eh, Celadias!-escuché a mis espaldas. Al girarme me encontré con la mirada de Karter tras de mí. A su lado se encontraba Trent-. ¿Cuánto tiempo más piensas evitarnos?

-¡Habéis venido!-exclamé contento, abrazando a ambos.

-No podíamos perdernos una fiesta en tu honor-dijo Trent sonriente.

-Y menos cuando hay comida y bebida gratis-añadió Karter, quien recibió una colleja de Trent por su comentario.

-Me alegra que veros por aquí, chicos-comenté contento-. Gracias por haber venido.

-Gracias a ti por invitarnos. Temíamos que fueses a ser como esos caballeros que nos miran con desprecio por encima del hombro-contestó Karter.

-Además, tenemos que darte una sorpresa-añadió esta vez Trent, mostrando un pañuelo azul-. Será solo un momento, no nos dejaron entrar con la sorpresa al palacio-dijo dejando que Karter cogiese el pañuelo para vendarme los ojos.

Con visibilidad nula a causa del pañuelo, dejé que Trent y Karter me guiaran por entre el gentío atravesando el salón. Poco a poco empecé a escuchar la música más lejana y el jaleo de la gente se convirtió en un murmullo apenas audible por la reverberación de la entrada. Nuestros pasos resonaban con eco conforme nos acercábamos al gran portón de madera y pude sentir la suave brisa del exterior acariciando mi rostro. Pocos metros después de atravesar la puerta sentí una mano en mi hombro, haciéndome parar, y, un segundo después, el nudo que había tras mi nuca se deshizo, haciendo que el pañuelo se soltase y pudiera ver de nuevo.

Al caer la noche, el cielo se despejó y dejó mostrar una luna llena espléndida. Y fue gracias a su luz y a la de las antorchas junto a la puerta que pude ver un rostro añorado en aquellos meses que habían pasado desde nuestra despedida. Aquella sorpresa me dejó enmudecido y sin saber qué hacer; no sabía cómo reaccionar.

-Menuda armadura llevas, pareces alguien importante-dijo Artrio riéndose al ver que no sabía qué decir-. Parece que has sabido sacar provecho de estos meses.

-Ha llovido mucho desde la última vez que nos vimos-dije aun incrédulo de que le tuviera delante de mis narices.

-Pero creo que tú has sido el que más ha progresado para cumplir sus sueños en todo este tiempo-reconoció Artrio con cierto orgullo.

-Tú llevas viajando desde antes de que entrase en el ejército.

-Y mira para lo que me ha servido, aun no soy capaz de vivir sin un hogar al que regresar-respondió riéndose.

La conversación siguió durante un buen rato. Él me comentaba cómo eran las tierras más allá del océano, yo le conté cómo fue la batalla y cuál era el transcurso de la guerra. También le comenté los últimos detalles que habíamos recibido, aunque aun fuesen meros rumores y especulaciones.

-Se dice que los que nos asaltaron no eran torvalinos solamente, que habían soldados rebeldes en sus filas-le comenté durante la narración de la batalla-. Ahí perdimos a la mayoría de nuestros compañeros y a nuestro capitán.

-Pero os ha venido bien, en cierto modo. Ahora sois caballeros y habéis formado un escuadrón especial-dijo Artrio sonriente, aunque yo no podía compartir su misma felicidad-. Lo siento, supongo que no es agradable pensar en la muerte de tus camaradas, y menos aun que alguien te diga que ha sido algo bueno

-No te preocupes, en cierto modo tienes razón-dije suspirando.

Durante unos segundos el silencio se apoderó del grupo hasta que Trent decidió romper el hielo para amenizar el ambiente.

-¿Sabéis? El maestre me ha aconsejado que emprenda un viaje hacia Alquimia-anunció con la esperanza de que nos animásemos-. Me ha recomendado que vaya acompañado de alguien para la travesía, y pensé que vosotros podríais ayudarme. Partiría mañana al alba.

-Yo empiezo con la guardia patrullando la ciudad-dijo Karter suspirando. Parecía estar desilusionado por no poder acompañarnos-. Pero seguro que a Artrio no le importará acompañarte. Es quien tiene más experiencia en este tipo de cosas.

-Tienes razón, seguro que contigo no me perdería por el camino-dijo Trent mirando directamente a Artrio. Parecía suplicarle que aceptase su petición. Y Artrio suspiró.

-El camino puede estar repleto de peligros, y no creo que pueda cuidar de ti yo solo en caso de que nos asalten. Quizá con un caballero entre nosotros sea más fácil llegar.

-¿Estás diciendo que os acompañe?-pregunté al notar la indirecta de Artrio, quien me miraba sonriente.

-Solo estaremos ahí un par de días mientras aprendo las nociones básicas de la alquimia-dijo Trent para intentar convencerme-. Además, entre las anotaciones que haga y los manuscritos que me puedan prestar, no necesitaré estar mucho tiempo ahí.

-Solo será un viaje de una semana, Celadias-dijo Artrio-. Venga, será divertido, y le harás un gran favor.

-Está bien… Pero tendré que pedirle permiso a Barferin para poder abandonar la ciudad durante una semana entera.

-De acuerdo entonces. ¿Qué os parece si quedamos al amanecer en la plaza central los tres?-preguntó Artrio para establecer una hora y un lugar para reunirnos-. Si no apareces consideraremos que no podrás acompañarnos y partiremos sin ti, Celadias, ¿te parece bien?

Acepté asintiendo con la cabeza y acordamos vernos todos al amanecer en la plaza central. Al quedar tan temprano, decidí entrar a la fiesta solo para pedirle la autorización a Barferin y retirarme para descansar lo que quedaba de noche. El capitán parecía tener dudas al principio, incluso fue a hablar con el maestre para buscar la forma de poder justificar mi ausencia.

-Trent es un gran alumno y su mente será importante en un futuro, por eso le aconsejé que fuese al poblado de los alquimistas y recopilase algunas nociones para que pudiera estudiar la alquimia más a fondo en la ciudad-dijo el maestre-. Sería un desperdicio que le ocurriera algo, por lo que podría realizar una petición formal a vuestro escuadrón para que Celadias sirva como guardaespaldas para Trent.

-¿Y si el emperador no acepta? Nosotros partiremos al amanecer, no hay forma de que nos dé tiempo a recibir su autorización-contesté nervioso.

-Él no tiene que autorizarnos a nada-respondió Barferin con tranquilidad-. Ahora somos un escuadrón especial, un escuadrón de caballeros. Podemos aceptar cualquier petición formal que nos hagan sin necesidad de que él acepte.

-¿Cómo si fuésemos mercenarios?-pregunté confuso.

-Para nada. Solo servimos al emperador y a las altas instituciones del imperio. Y el maestre tiene el privilegio de poder hacernos las peticiones que vea oportunas, como en este caso.

-¿Eso quiere decir que podré acompañar a Trent?-volví a preguntar, en esta ocasión entusiasmado.

-Tramitaremos la petición mañana por la mañana antes de que nadie sepa que os habéis ido de la ciudad. Ahora vete a descansar, os espera un viaje largo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Capítulo 18: Estar a la altura



Garlet me condujo durante un buen trecho hasta el bosque que se extendía al sur de la ciudad. Su seriedad me preocupaba bastante, incluso me hacía temer. No entendía por qué quería hablar conmigo a solas ni de qué, ni mucho menos el motivo por el que me estaba llevando tan lejos. Una parte de mí incluso llegó a pensar que quería deshacerse de mí, pero, ¿por qué? Miles de preguntas rondaron por mi cabeza hasta que llegamos a un pequeño claro, donde se detuvo en el centro y me miró, hablando al fin.

-Debo reconocer que el primer día que te vi pensé que jamás estarías a la altura del escuadrón, pero aquí estás. Eres uno de los pocos supervivientes de una guerra que aun no ha terminado, eres alguien en quien tanto Kanos como Barferin han depositado una confianza ciega sin que tuvieras la más mínima experiencia. Sinceramente, no sé qué vieron en ti.

-Garlet, ¿qué estás tratando de decirme con esto?-pregunté algo temeroso.

-Es injusto que muchos compañeros nuestros con más experiencia que tú y mejor dominio de la espada cayeran en la batalla mientras tú sigues con vida, delante de mí, estando a punto de ser nombrado mano derecha de Barferin en el nuevo escuadrón, pero debo reconocer tu valor para aceptar una responsabilidad tan grande como es sobrevivir a lo que muchos perecieron-se desató el cinto de la espada de la cintura y lo arrojó al suelo, a mis pies. Ahí me di cuenta de que llevaba dos espadas. ¿Cómo no me di cuenta antes? Eso es algo que jamás pude explicarme-. Quiero que me demuestres tu valía aquí y ahora.

-¿Quieres pelear contra mí?-pregunté sorprendido, incrédulo de sus palabras. Él no hizo más que asentir con la cabeza en silencio mientras yo me arrodillaba para agarrar la espada-. ¿Por qué quieres que peleemos?

-Porque quiero ver con mis propios ojos si la confianza que han depositado en ti todo este tiempo tiene algún valor.

-Sé que soy demasiado joven, sé que solo he combatido en contadas ocasiones, y entiendo tu frustración. Llevas años sirviendo al imperio y el único reconocimiento que te han hecho es nombrarte caballero, pero lo harán el mismo día que a mí y debe ser frustrante.

-Lo es, pero lo aceptaré encantado si te veo capacitado para ser considerado como mi igual o mi superior-dijo sonriendo levemente-. Anda, desenfunda de una maldita vez la espada.

Hice lo que me pidió y comprobé que la hoja de la espada estaba intacta, sin ninguna mella, ni un solo arañazo, con un brillo puro. No tenía ni una sola marca. Parecía que la espada era nueva.

-Un buen caballero debe tener una espada que esté a su altura-dijo Garlet sonriendo más ampliamente-. Los chicos y yo hemos pensado que va siendo hora de que tengas tu primera espada. No es de las mejores, pero esperamos que te guste.

-¿De verdad esta espada es para mí?-pregunté en mi asombro, lleno de dicha por recibir tal regalo-. Yo… no sé qué decir.

-No digas nada, solo pelea contra mí y comprobemos si esa espada te viene bien-dijo desenfundando su espada y poniéndose en guardia-. Si eres la mitad de talentoso de lo que dicen, aceptaré que tengas una posición privilegiada por encima de mí, y te trataré como un hermano caballero más. Pero como me decepciones te pienso quitar la espada.

El tono con el que me amenazó en su última frase provocó una sonrisa en mi rostro. Deposité la funda de la espada en el suelo con suavidad y me puse en guardia frente a él. Apenas nos separaban tres metros de distancia, nuestras espadas casi podían rozarse. Chocamos ambas hojas una primera vez como saludo y respeto y comenzamos el duelo.

Garlet dio un paso hacia delante tratando de golpear la hoja de mi espada para romper mi guardia. Mi primer impulso era bajar el arma y agacharme para buscar un hueco en su defensa por el cual abatirle, pero opté por saltar hacia atrás. Había combatido ya a su lado y sabía que su habilidad con la espada era bastante elevada, por lo que una acción así sería demasiado arriesgada y podría llegar a ponerme en una posición desventajosa.

Su superior habilidad quedó demostrada cuando, siguiendo el movimiento de su espada al pasar por encima de la mía, giró sobre sí mismo, adelantando primero un pie para avanzar en el giro y terminándolo adelantando el otro, y lanzó otro tajo, bastante más rápido y fuerte que el anterior, contra mi espada. Las hojas chocaron y empezamos a forcejear. Entre el golpe y su fuerza me vi obligado a sostener la empuñadura de mi arma con las dos manos para no ceder ante su empuje.

-Ya puedo considerarme oficialmente como la primera marca de tu arma-dijo Garlet riéndose.

-Pero no esperes ser también el último-respondí confiando en mis habilidades.

-Quizá sí seré el último en golpear esta espada estando en tus manos-me vaciló retrocediendo un paso para poner fin al forcejeo.

Mantuvimos las distancias durante unos segundos hasta que Garlet volvió a tomar la iniciativa. Volvió a cargar contra mí de frente, lanzando una estocada que evité desviando su espada hacia un lado con un golpe. Pensé que podría aprovechar aquello a mi favor y llevar mi espada directamente al hombro descubierto de mi rival, pero parecía que tenía aquello previsto pues siguió su rumbo, pasando por mi lado. Casi al instante comprendí cuál era su intención, por lo que me eché a un lado y pude sentir la punta de su arma rasgándome la manga de la camisa. Había aprovechado su movimiento como si de un amago se tratase para situarse a mi espalda y lanzar un tajo desde la diagonal.

-No hay forma de engañarte, ¿eh?-dijo satisfecho Garlet.

-No pienso ser derrotado aun-contesté lanzando girando sobre mis pies hacia mi derecha para lanzarle un tajo directo a su rostro.

Aun teniendo la intención de detener el avance de mi espada a pocos centímetros, él pudo detenerla a tiempo con su arma. En la posición en la que ambos acabamos, él acabó sacando ventaja dándome una patada en mi costado derecho con su pierna izquierda. Sentí que el golpe me empujaba hacia un lado y me dejé caer al suelo, rodando e incorporándome lo más rápido que puse. Mientras todavía me encontraba de rodillas, él saltó hacia mí y me lanzó un fuerte tajo desde arriba, sosteniendo su espada con las dos manos. Me vi obligado a rodar nuevamente hacia un lado y pude ver cómo su hoja se acababa clavando en el suelo. Pensé que esa era mi oportunidad y me levanté con rapidez para desarmarle al instante, golpeando con mi espada justo donde la hoja y la empuñadura se fundían.

Garlet soltó la espada por la fuerza de mi golpe, sorprendido. Aunque se sorprendió más aun cuando sintió el filo de mi espada posándose en su cuello.

-¿He estado a la altura?-pregunté con sorna, riéndome. Separé mi espada de su cuello para que no se sintiera amenazado y me dirigí hacia donde dejé la funda para guardar la espada y atármela a la cintura.

-Llegué a pensar que te iba a matar y todo cuando no moviste el brazo-admitió soltando un suspiro. En cuanto le quité el arma del cuello se agachó para recoger su espada-. ¿A quién se le ocurre rodar cuando un arma está amenazando con cortarle en dos desde arriba?

-A alguien que ha conseguido desarmarte gracias a eso-respondí riéndome, viendo cómo enfundaba la hoja de su arma-. ¿Tenías acaso intención de matarme?

-Para nada, pensé que serías listo y que detendrías mi espada.

-Pues fui más listo y te desarmé.

-Admito que eres muy bueno, Celadias. Y que esa espada tuya te acompañará a lo largo de muchas batallas-dijo orgulloso, posando una mano sobre mi hombro-. Consérvala, ¿vale? Es un regalo por parte de todos.

-Muchas gracias, Garlet. Si te soy sincero, jamás pensé que fuésemos a llevarnos tan bien.

-Somos hermanos de armas. Todos los que estamos en el escuadrón lo somos. Nos insultaremos y nos pelearemos, pero nos defenderemos y ayudaremos siempre que haga falta. Anda, vámonos a la ciudad, que ambos necesitamos descansar.

En el camino de regreso ambos hablamos y reímos como si de dos buenos amigos nos tratásemos. El regalo me había dejado bastante impresionado, y el combate me dio la dosis de adrenalina que ya empezaba a echar en falta. Aquella espada que me entregó sería bastante mimada por mi parte, pensaba cuidarla y pulirla todos los días para impedir que se oxidara y mellase.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Capítulo 17: Sorpresas



Una semana de trabajo intensivo es lo que necesitaba el cuartel después de que Barferin comunicara nuestro deseo de ser un escuadrón de caballeros, aceptando la propuesta del emperador. Durante esa semana el movimiento en el interior del palacio se intensificó, centrándose en su mayor parte por los alrededores del cuartel. Encargamos a un escultor que tallara en piedra una gran K sobre la puerta, símbolo de nuestro escuadrón; ordenamos y redistribuimos el interior del cuartel, el cual llevaba abandonado y en un estado desastroso desde que llegamos de la guerra; reparamos los desperfectos y las grietas que habían surgido por el paso de los años. Un sinfín de labores nos mantuvieron ocupados durante una semana completa, la cual pasó para mí bastante rápida y casi sin darme cuenta salvo por el cansancio.

Barferin, de vez en cuando, nos alentaba diciéndonos que tenía una sorpresa reservada para nosotros y que no podía revelarla hasta que finalizásemos las labores pendientes en el cuartel. Supuse que lo hacía para alentarnos y animarnos a que trabajásemos más rápido, aunque quizá solo lo hacía por tocar las narices e incordiar un rato. La cuestión es que conmigo surtió efecto.

El último día de trabajo se resumió solamente en colocar todos los muebles del interior, distribuyéndolos con la guía de Barferin. Cuando todo estuvo bien colocado y por fin terminamos pudimos apreciar el resultado de aquel esfuerzo agotador con una sonrisa de satisfacción en nuestros labios. Sinceramente no sé si es porque yo trabajé en ello o por qué razón puede tratarse, pero yo hasta lo veía mejor comparándolo con la apariencia que presentaba el día que entré por primera vez.

Ya nos disponíamos a sentarnos en la sala de reuniones cuando Barferin nos pidió que nos adelantáramos mientras atendía un asunto, prometiéndonos que volvería pronto. Obedecimos su petición y cada uno ocupó su sitio alrededor de la mesa rectangular, más pequeña que la anterior. Y, al sentarnos todos en nuestros asientos, me percaté de que había una silla que sobraba. Había un total de seis sillas, y nosotros, contando a Barferin, éramos cinco. Dos sillas se encontraban cada una en un extremo opuesto de la mesa, para presidir como de costumbre las reuniones, y, a ambos lados, cuatro sillas donde nos encontrábamos Garlet y Sig en un lado y Horval y yo en el otro. Como Garlet, Sig y Horval estaban entretenidos hablando supuse que no se habían dado cuenta del detalle de la silla extra, pero decidí no interrumpirles por algo que seguramente no tendría ni la menor importancia.

O eso creía hasta que Barferin regresó. Junto a él se encontraba otra persona, un hombre bastante joven que casi tendría mi edad. Llevaba el pelo corto y oscuro, y no parecía tener mucha experiencia en el campo de batalla. Aunque si estaba con Barferin sería por alguna razón, y dudaba que estuviera de visita.

-Os presento a nuestro nuevo compañero. Se llama Aldven-dijo presentándolo-. Solo es un par de años mayor que Celadias, pero ha demostrado ser bastante hábil con la espada y Hatik insistió en que nos vendría bien tener una espada más de nuestro lado.

-Un momento, yo a este chico le conozco-dijo Sig poniéndose en pie y acercándose hasta él para examinarlo más de cerca. Aldven no parecía inmutarse-. Yo a ti te he visto en algún lado, ¿verdad?

-Lo recordaría si así fuera-dijo con su voz grave, con indiferencia.

-¡Este chico fue uno de nuestros refuerzos para derribar la entrada de Kryn!-exclamó Garlet al reconocerle-. Chico, ¿crees que puedes sernos de alguna ayuda aquí también? No somos como el resto de escuadrillas, a nosotros nos van a encargar misiones peligrosas.

-Cállate, Garlet. También dudaste de mí y mírame, aquí estoy-dije por puro instinto, saliendo a la defensa del recién llegado. Y aquello me sorprendió.

-Tú y yo tendremos luego unas palabritas, novato-dijo Garlet con seriedad dirigiéndose hacia mí, lo cual hasta me preocupó.

-No, ya no es el novato. El novato es Aldven-dijo Sig riéndose, y luego miró al recién llegado haciéndole una señal para que se uniera a la reunión-. Venga, pasa, no te cortes. Aquí en el fondo somos buenos compañeros. Nos vacilamos, nos insultamos y nos peleamos, pero estamos más unidos que en el resto de escuadrones. Pregúntale a Celadias si no me crees.

-Y hablando de Celadias, levántate de ahí-dijo Barferin mirándome-. Tu sitio a partir de ahora será aquel-indicó señalándome una de las sillas que presidían la mesa.

-¿Cómo que ese?-pregunté incrédulo.

-¿Qué? La mano derecha tiene que presidir las reuniones.

-¡Más motivos para tener que hablar contigo a solas!-exclamó Garlet.

-Espera, ¿cómo que mano derecha?-pregunté cada vez más confuso-. Apenas tengo experiencia, no podría serte de ayuda.

-Por eso quiero que seas mi mano derecha, porque aun no tienes experiencia-dijo Barferin, insistiendo con un gesto en que me cambiara de sitio. Hice caso y me senté donde me indicó sin entender qué hacía-. Tú tuviste la idea de nombrar al escuadrón con el nombre de Kanos, y él confiaba en ti. Siempre dijo que serías un líder nato y que tenías talento, pero ese talento se desperdiciará si no vas adquiriendo experiencia pronto. Quizá aun no me seas de utilidad, pero dale tiempo a que tu talento salga a la luz.

-Pero…

-¡Deja de poner pegas, chaval!-me interrumpió Sig-. ¿Eres consciente de lo que acabas de conseguir? ¡Serás el caballero y la mano derecha de un escuadrón más joven de toda la historia! Y todo eso sin tener experiencia, como tú dices. Menuda carrera te estás forjando sin hacer apenas nada-concluyó riéndose.

-Yo quiero ganarme el derecho a tener tales honores-repliqué-. No quiero un título que todavía no me pertenece.

-Aun no te pertenece, Celadias, pero pronto lo hará-dijo Barferin con tranquilidad-. Quizá no debas ser nombrado caballero tan pronto, debo reconocerlo, pero no podemos dejarte de lado. Perteneces a nuestro escuadrón y no te vamos a expulsar solo porque tengas que ser caballero. El emperador nos hace un favor nombrándote. Y yo no te nombraré aun mano derecha, pero quiero que vayas habituándote al cargo, ¿de acuerdo?

Finalmente asentí, tranquilizándome, dejando la habitación en silencio durante unos segundos hasta que Sig volvió a hablar:

-Oye, ¿os habéis dado cuenta de una cosa? Mirad. Horval, levántate y ponte junto a Aldven-Horval miró desconfiado a Sig pero hizo lo que le pidió-. ¿No se parecen?

-Pues ahora que lo dices… Se dan un aire, sí-respondió Garlet riéndose.

-¿Qué vamos a parecernos este crío y yo?-preguntó Horval empezando a mosquearse.

-En serio. Si le dejamos crecer el pelo y la barba y le quitamos un ojo…

-¡El ojo te lo voy a quitar yo a ti como no cierres la boca!-interrumpió Horval a Sig, enfadado.

Los tres siguieron discutiendo acaloradamente, aunque en broma, mientras Barferin se dirigía hacia Aldven para explicarle algunas cosas. Yo, por mi parte, me mantuve sentado y en silencio, reflexionando acerca de lo que me había dicho Barferin. Y tras unos minutos así, Barferin acabó poniendo orden en la sala y sentándose en el extremo de la mesa opuesto a mí, lo cual me hizo recordar lo que me deparaba desde ese momento en adelante.

-Bueno, esta será nuestra primera reunión como los fantasmas de Kanos-dijo con un notorio nerviosismo en su voz-. Quería felicitaros por el trabajo de esta semana. Sé que estáis cansados, por lo que no os soltaré la retahíla y pasaré directamente a la sorpresa en sí-se puso en pie y se dirigió a la puerta. Al abrirla dejó al descubierto un maniquí ataviado con una armadura negra, bastante mejor que la anterior que teníamos, donde, en el centro de la coraza, se veía grabada una K idéntica a la de la puerta. Todos los detalles que presentaba la armadura eran diferentes de la anterior, incluso en el casco. La apariencia de la nueva armadura era mucho más imponente-. Necesitábamos una armadura nueva, así que he cogido algo de dinero de nuestras arcas y he encargado que nos hicieran unas armaduras nuevas. Esta es solo un modelo de muestra, recibiremos las armaduras reales dentro de unos días, para el nombramiento.

-¿Llevaremos esta armadura?-preguntó Garlet con fascinación-. Parece venida desde las mismas profundidades del abismo.

-Me alegra saber que te gusta-dijo Barferin más tranquilo.

-¿Esta era la sorpresa que nos decías?-pregunté aun mirando asombrado la armadura.

-¿Esperabas más acaso?-preguntó riéndose, y yo negué con la cabeza-. Solo quería enseñaros el modelo de nuestra nueva armadura.  Me alegra ver que os ha gustado y espero que nos sean más útiles que las anteriores.

Barferin dio por concluida la reunión y yo me dispuse a abandonar la sala cuando una mano se posó sobre mi hombro, deteniendo mi avance. Al girarme para ver quién me paró, contemplé a Garlet mirándome con seriedad.

-Ven conmigo. Tengo que hablar contigo de un asunto importante.