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lunes, 7 de septiembre de 2015

Capítulo 19: Caballero



El día del nombramiento empezó nublado, pero aquellas nubes no serían suficientes para estropear uno de los días más importantes de mi vida, aunque aun no sabía que sería el punto de inflexión de mi carrera. La plaza frente al palacio estaba abarrotada de personas que querían ver de cerca de los nuevos caballeros del imperio. Nos miraban con respeto y admiración conforme pasábamos con nuestras nuevas y elegantes armaduras negras. Todos vestíamos con la misma armadura negra que nos presentó Barferin en el cuartel salvo él mismo, cuya armadura tenía un porte más distinguido y la K del torso se plasmaba rojiza en una larga capa negra que se extendía desde sus hombros hasta casi rozar el suelo. Sujetábamos nuestros cascos con nuestras propias manos, dejando nuestros rostros al descubierto. Solo esperaba que nadie se percatara de mi nerviosismo.

Creyendo que al llegar al palacio tendríamos algo más de intimidad, mis ilusiones de una ceremonia más privada se hicieron añicos ante la mirada de miles de nobles expectantes. Una larga alfombra roja se extendía desde la entrada hasta los pies de las escaleras. Alrededor de la alfombra los guardias se apostaron entre los nobles y nosotros, creando un camino para poder pasar hasta llegar al emperador y a su caballero personal, Hatik.

La ceremonia transcurrió con normalidad tal y como las leyes antranas lo requerían. Los nobles se mantuvieron en silencio hasta que concluyó el nombramiento tras nuestro juramento de lealtad, bastante similar al que tuvimos que hacer al alistarnos como soldados, momento en el cual estallaron en aplausos y vítores. Aunque todos sabíamos que la mayoría eran para el emperador y no por nosotros ni por nuestro nuevo título. Al menos organizaron una fiesta en el salón del palacio en nuestro honor, a la cual pudimos invitar a nuestros seres más cercanos. Aquella sería la primera vez que mis amigos se verían rodeados de tantos nobles en una fiesta tan distinguida. Y lo mismo ocurría conmigo mientras me preguntaba si aquella sería la última fiesta o si, como caballero, estaría invitado a más. Aunque aquel detalle no tenía la más mínima importancia en realidad y aparté ese pensamiento rápido de mi cabeza. Mi madre y Kestix prefirieron quedarse en casa, pensando que no se sentirían cómodos en aquella fiesta. A decir verdad, yo también me sentía fuera de lugar, a pesar de que, en parte, esa fiesta estaba organizada para mí.

Durante un buen tramo de la fiesta me mantuve junto a mis compañeros charlando, riendo y brindando por nuestro nuevo título.

-¿Esto significa entonces que somos nobles ahora?-pregunté en mi más infinita inocencia, y todos se echaron a reír.

-Tenemos un título que no significa una mierda para esos engreídos lameculos con mansiones lujosas hechas de oro-dijo con un tono despectivo, y bastante alcoholizado, Garlet.

-No le quites la ilusión al chaval. Es la primera persona de baja cuna en conseguir un título tan joven-dijo Barferin dándome una palmada en la espalda-. Y deja de beber o nos dejarás en evidencia.

-¡Solo llevo cinco copas!-se quejó replicando Garlet mientras todos reíamos.

-Me da igual si nos siguen mirando como si fuésemos inferiores, yo estoy orgulloso de lo que soy. No necesito tener un título ni estar a su altura en el estatus social para sentirme bien conmigo mismo-dije, sorprendiéndome algo más tarde.

-¡Eh, Celadias!-escuché a mis espaldas. Al girarme me encontré con la mirada de Karter tras de mí. A su lado se encontraba Trent-. ¿Cuánto tiempo más piensas evitarnos?

-¡Habéis venido!-exclamé contento, abrazando a ambos.

-No podíamos perdernos una fiesta en tu honor-dijo Trent sonriente.

-Y menos cuando hay comida y bebida gratis-añadió Karter, quien recibió una colleja de Trent por su comentario.

-Me alegra que veros por aquí, chicos-comenté contento-. Gracias por haber venido.

-Gracias a ti por invitarnos. Temíamos que fueses a ser como esos caballeros que nos miran con desprecio por encima del hombro-contestó Karter.

-Además, tenemos que darte una sorpresa-añadió esta vez Trent, mostrando un pañuelo azul-. Será solo un momento, no nos dejaron entrar con la sorpresa al palacio-dijo dejando que Karter cogiese el pañuelo para vendarme los ojos.

Con visibilidad nula a causa del pañuelo, dejé que Trent y Karter me guiaran por entre el gentío atravesando el salón. Poco a poco empecé a escuchar la música más lejana y el jaleo de la gente se convirtió en un murmullo apenas audible por la reverberación de la entrada. Nuestros pasos resonaban con eco conforme nos acercábamos al gran portón de madera y pude sentir la suave brisa del exterior acariciando mi rostro. Pocos metros después de atravesar la puerta sentí una mano en mi hombro, haciéndome parar, y, un segundo después, el nudo que había tras mi nuca se deshizo, haciendo que el pañuelo se soltase y pudiera ver de nuevo.

Al caer la noche, el cielo se despejó y dejó mostrar una luna llena espléndida. Y fue gracias a su luz y a la de las antorchas junto a la puerta que pude ver un rostro añorado en aquellos meses que habían pasado desde nuestra despedida. Aquella sorpresa me dejó enmudecido y sin saber qué hacer; no sabía cómo reaccionar.

-Menuda armadura llevas, pareces alguien importante-dijo Artrio riéndose al ver que no sabía qué decir-. Parece que has sabido sacar provecho de estos meses.

-Ha llovido mucho desde la última vez que nos vimos-dije aun incrédulo de que le tuviera delante de mis narices.

-Pero creo que tú has sido el que más ha progresado para cumplir sus sueños en todo este tiempo-reconoció Artrio con cierto orgullo.

-Tú llevas viajando desde antes de que entrase en el ejército.

-Y mira para lo que me ha servido, aun no soy capaz de vivir sin un hogar al que regresar-respondió riéndose.

La conversación siguió durante un buen rato. Él me comentaba cómo eran las tierras más allá del océano, yo le conté cómo fue la batalla y cuál era el transcurso de la guerra. También le comenté los últimos detalles que habíamos recibido, aunque aun fuesen meros rumores y especulaciones.

-Se dice que los que nos asaltaron no eran torvalinos solamente, que habían soldados rebeldes en sus filas-le comenté durante la narración de la batalla-. Ahí perdimos a la mayoría de nuestros compañeros y a nuestro capitán.

-Pero os ha venido bien, en cierto modo. Ahora sois caballeros y habéis formado un escuadrón especial-dijo Artrio sonriente, aunque yo no podía compartir su misma felicidad-. Lo siento, supongo que no es agradable pensar en la muerte de tus camaradas, y menos aun que alguien te diga que ha sido algo bueno

-No te preocupes, en cierto modo tienes razón-dije suspirando.

Durante unos segundos el silencio se apoderó del grupo hasta que Trent decidió romper el hielo para amenizar el ambiente.

-¿Sabéis? El maestre me ha aconsejado que emprenda un viaje hacia Alquimia-anunció con la esperanza de que nos animásemos-. Me ha recomendado que vaya acompañado de alguien para la travesía, y pensé que vosotros podríais ayudarme. Partiría mañana al alba.

-Yo empiezo con la guardia patrullando la ciudad-dijo Karter suspirando. Parecía estar desilusionado por no poder acompañarnos-. Pero seguro que a Artrio no le importará acompañarte. Es quien tiene más experiencia en este tipo de cosas.

-Tienes razón, seguro que contigo no me perdería por el camino-dijo Trent mirando directamente a Artrio. Parecía suplicarle que aceptase su petición. Y Artrio suspiró.

-El camino puede estar repleto de peligros, y no creo que pueda cuidar de ti yo solo en caso de que nos asalten. Quizá con un caballero entre nosotros sea más fácil llegar.

-¿Estás diciendo que os acompañe?-pregunté al notar la indirecta de Artrio, quien me miraba sonriente.

-Solo estaremos ahí un par de días mientras aprendo las nociones básicas de la alquimia-dijo Trent para intentar convencerme-. Además, entre las anotaciones que haga y los manuscritos que me puedan prestar, no necesitaré estar mucho tiempo ahí.

-Solo será un viaje de una semana, Celadias-dijo Artrio-. Venga, será divertido, y le harás un gran favor.

-Está bien… Pero tendré que pedirle permiso a Barferin para poder abandonar la ciudad durante una semana entera.

-De acuerdo entonces. ¿Qué os parece si quedamos al amanecer en la plaza central los tres?-preguntó Artrio para establecer una hora y un lugar para reunirnos-. Si no apareces consideraremos que no podrás acompañarnos y partiremos sin ti, Celadias, ¿te parece bien?

Acepté asintiendo con la cabeza y acordamos vernos todos al amanecer en la plaza central. Al quedar tan temprano, decidí entrar a la fiesta solo para pedirle la autorización a Barferin y retirarme para descansar lo que quedaba de noche. El capitán parecía tener dudas al principio, incluso fue a hablar con el maestre para buscar la forma de poder justificar mi ausencia.

-Trent es un gran alumno y su mente será importante en un futuro, por eso le aconsejé que fuese al poblado de los alquimistas y recopilase algunas nociones para que pudiera estudiar la alquimia más a fondo en la ciudad-dijo el maestre-. Sería un desperdicio que le ocurriera algo, por lo que podría realizar una petición formal a vuestro escuadrón para que Celadias sirva como guardaespaldas para Trent.

-¿Y si el emperador no acepta? Nosotros partiremos al amanecer, no hay forma de que nos dé tiempo a recibir su autorización-contesté nervioso.

-Él no tiene que autorizarnos a nada-respondió Barferin con tranquilidad-. Ahora somos un escuadrón especial, un escuadrón de caballeros. Podemos aceptar cualquier petición formal que nos hagan sin necesidad de que él acepte.

-¿Cómo si fuésemos mercenarios?-pregunté confuso.

-Para nada. Solo servimos al emperador y a las altas instituciones del imperio. Y el maestre tiene el privilegio de poder hacernos las peticiones que vea oportunas, como en este caso.

-¿Eso quiere decir que podré acompañar a Trent?-volví a preguntar, en esta ocasión entusiasmado.

-Tramitaremos la petición mañana por la mañana antes de que nadie sepa que os habéis ido de la ciudad. Ahora vete a descansar, os espera un viaje largo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Capítulo 18: Estar a la altura



Garlet me condujo durante un buen trecho hasta el bosque que se extendía al sur de la ciudad. Su seriedad me preocupaba bastante, incluso me hacía temer. No entendía por qué quería hablar conmigo a solas ni de qué, ni mucho menos el motivo por el que me estaba llevando tan lejos. Una parte de mí incluso llegó a pensar que quería deshacerse de mí, pero, ¿por qué? Miles de preguntas rondaron por mi cabeza hasta que llegamos a un pequeño claro, donde se detuvo en el centro y me miró, hablando al fin.

-Debo reconocer que el primer día que te vi pensé que jamás estarías a la altura del escuadrón, pero aquí estás. Eres uno de los pocos supervivientes de una guerra que aun no ha terminado, eres alguien en quien tanto Kanos como Barferin han depositado una confianza ciega sin que tuvieras la más mínima experiencia. Sinceramente, no sé qué vieron en ti.

-Garlet, ¿qué estás tratando de decirme con esto?-pregunté algo temeroso.

-Es injusto que muchos compañeros nuestros con más experiencia que tú y mejor dominio de la espada cayeran en la batalla mientras tú sigues con vida, delante de mí, estando a punto de ser nombrado mano derecha de Barferin en el nuevo escuadrón, pero debo reconocer tu valor para aceptar una responsabilidad tan grande como es sobrevivir a lo que muchos perecieron-se desató el cinto de la espada de la cintura y lo arrojó al suelo, a mis pies. Ahí me di cuenta de que llevaba dos espadas. ¿Cómo no me di cuenta antes? Eso es algo que jamás pude explicarme-. Quiero que me demuestres tu valía aquí y ahora.

-¿Quieres pelear contra mí?-pregunté sorprendido, incrédulo de sus palabras. Él no hizo más que asentir con la cabeza en silencio mientras yo me arrodillaba para agarrar la espada-. ¿Por qué quieres que peleemos?

-Porque quiero ver con mis propios ojos si la confianza que han depositado en ti todo este tiempo tiene algún valor.

-Sé que soy demasiado joven, sé que solo he combatido en contadas ocasiones, y entiendo tu frustración. Llevas años sirviendo al imperio y el único reconocimiento que te han hecho es nombrarte caballero, pero lo harán el mismo día que a mí y debe ser frustrante.

-Lo es, pero lo aceptaré encantado si te veo capacitado para ser considerado como mi igual o mi superior-dijo sonriendo levemente-. Anda, desenfunda de una maldita vez la espada.

Hice lo que me pidió y comprobé que la hoja de la espada estaba intacta, sin ninguna mella, ni un solo arañazo, con un brillo puro. No tenía ni una sola marca. Parecía que la espada era nueva.

-Un buen caballero debe tener una espada que esté a su altura-dijo Garlet sonriendo más ampliamente-. Los chicos y yo hemos pensado que va siendo hora de que tengas tu primera espada. No es de las mejores, pero esperamos que te guste.

-¿De verdad esta espada es para mí?-pregunté en mi asombro, lleno de dicha por recibir tal regalo-. Yo… no sé qué decir.

-No digas nada, solo pelea contra mí y comprobemos si esa espada te viene bien-dijo desenfundando su espada y poniéndose en guardia-. Si eres la mitad de talentoso de lo que dicen, aceptaré que tengas una posición privilegiada por encima de mí, y te trataré como un hermano caballero más. Pero como me decepciones te pienso quitar la espada.

El tono con el que me amenazó en su última frase provocó una sonrisa en mi rostro. Deposité la funda de la espada en el suelo con suavidad y me puse en guardia frente a él. Apenas nos separaban tres metros de distancia, nuestras espadas casi podían rozarse. Chocamos ambas hojas una primera vez como saludo y respeto y comenzamos el duelo.

Garlet dio un paso hacia delante tratando de golpear la hoja de mi espada para romper mi guardia. Mi primer impulso era bajar el arma y agacharme para buscar un hueco en su defensa por el cual abatirle, pero opté por saltar hacia atrás. Había combatido ya a su lado y sabía que su habilidad con la espada era bastante elevada, por lo que una acción así sería demasiado arriesgada y podría llegar a ponerme en una posición desventajosa.

Su superior habilidad quedó demostrada cuando, siguiendo el movimiento de su espada al pasar por encima de la mía, giró sobre sí mismo, adelantando primero un pie para avanzar en el giro y terminándolo adelantando el otro, y lanzó otro tajo, bastante más rápido y fuerte que el anterior, contra mi espada. Las hojas chocaron y empezamos a forcejear. Entre el golpe y su fuerza me vi obligado a sostener la empuñadura de mi arma con las dos manos para no ceder ante su empuje.

-Ya puedo considerarme oficialmente como la primera marca de tu arma-dijo Garlet riéndose.

-Pero no esperes ser también el último-respondí confiando en mis habilidades.

-Quizá sí seré el último en golpear esta espada estando en tus manos-me vaciló retrocediendo un paso para poner fin al forcejeo.

Mantuvimos las distancias durante unos segundos hasta que Garlet volvió a tomar la iniciativa. Volvió a cargar contra mí de frente, lanzando una estocada que evité desviando su espada hacia un lado con un golpe. Pensé que podría aprovechar aquello a mi favor y llevar mi espada directamente al hombro descubierto de mi rival, pero parecía que tenía aquello previsto pues siguió su rumbo, pasando por mi lado. Casi al instante comprendí cuál era su intención, por lo que me eché a un lado y pude sentir la punta de su arma rasgándome la manga de la camisa. Había aprovechado su movimiento como si de un amago se tratase para situarse a mi espalda y lanzar un tajo desde la diagonal.

-No hay forma de engañarte, ¿eh?-dijo satisfecho Garlet.

-No pienso ser derrotado aun-contesté lanzando girando sobre mis pies hacia mi derecha para lanzarle un tajo directo a su rostro.

Aun teniendo la intención de detener el avance de mi espada a pocos centímetros, él pudo detenerla a tiempo con su arma. En la posición en la que ambos acabamos, él acabó sacando ventaja dándome una patada en mi costado derecho con su pierna izquierda. Sentí que el golpe me empujaba hacia un lado y me dejé caer al suelo, rodando e incorporándome lo más rápido que puse. Mientras todavía me encontraba de rodillas, él saltó hacia mí y me lanzó un fuerte tajo desde arriba, sosteniendo su espada con las dos manos. Me vi obligado a rodar nuevamente hacia un lado y pude ver cómo su hoja se acababa clavando en el suelo. Pensé que esa era mi oportunidad y me levanté con rapidez para desarmarle al instante, golpeando con mi espada justo donde la hoja y la empuñadura se fundían.

Garlet soltó la espada por la fuerza de mi golpe, sorprendido. Aunque se sorprendió más aun cuando sintió el filo de mi espada posándose en su cuello.

-¿He estado a la altura?-pregunté con sorna, riéndome. Separé mi espada de su cuello para que no se sintiera amenazado y me dirigí hacia donde dejé la funda para guardar la espada y atármela a la cintura.

-Llegué a pensar que te iba a matar y todo cuando no moviste el brazo-admitió soltando un suspiro. En cuanto le quité el arma del cuello se agachó para recoger su espada-. ¿A quién se le ocurre rodar cuando un arma está amenazando con cortarle en dos desde arriba?

-A alguien que ha conseguido desarmarte gracias a eso-respondí riéndome, viendo cómo enfundaba la hoja de su arma-. ¿Tenías acaso intención de matarme?

-Para nada, pensé que serías listo y que detendrías mi espada.

-Pues fui más listo y te desarmé.

-Admito que eres muy bueno, Celadias. Y que esa espada tuya te acompañará a lo largo de muchas batallas-dijo orgulloso, posando una mano sobre mi hombro-. Consérvala, ¿vale? Es un regalo por parte de todos.

-Muchas gracias, Garlet. Si te soy sincero, jamás pensé que fuésemos a llevarnos tan bien.

-Somos hermanos de armas. Todos los que estamos en el escuadrón lo somos. Nos insultaremos y nos pelearemos, pero nos defenderemos y ayudaremos siempre que haga falta. Anda, vámonos a la ciudad, que ambos necesitamos descansar.

En el camino de regreso ambos hablamos y reímos como si de dos buenos amigos nos tratásemos. El regalo me había dejado bastante impresionado, y el combate me dio la dosis de adrenalina que ya empezaba a echar en falta. Aquella espada que me entregó sería bastante mimada por mi parte, pensaba cuidarla y pulirla todos los días para impedir que se oxidara y mellase.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Capítulo 17: Sorpresas



Una semana de trabajo intensivo es lo que necesitaba el cuartel después de que Barferin comunicara nuestro deseo de ser un escuadrón de caballeros, aceptando la propuesta del emperador. Durante esa semana el movimiento en el interior del palacio se intensificó, centrándose en su mayor parte por los alrededores del cuartel. Encargamos a un escultor que tallara en piedra una gran K sobre la puerta, símbolo de nuestro escuadrón; ordenamos y redistribuimos el interior del cuartel, el cual llevaba abandonado y en un estado desastroso desde que llegamos de la guerra; reparamos los desperfectos y las grietas que habían surgido por el paso de los años. Un sinfín de labores nos mantuvieron ocupados durante una semana completa, la cual pasó para mí bastante rápida y casi sin darme cuenta salvo por el cansancio.

Barferin, de vez en cuando, nos alentaba diciéndonos que tenía una sorpresa reservada para nosotros y que no podía revelarla hasta que finalizásemos las labores pendientes en el cuartel. Supuse que lo hacía para alentarnos y animarnos a que trabajásemos más rápido, aunque quizá solo lo hacía por tocar las narices e incordiar un rato. La cuestión es que conmigo surtió efecto.

El último día de trabajo se resumió solamente en colocar todos los muebles del interior, distribuyéndolos con la guía de Barferin. Cuando todo estuvo bien colocado y por fin terminamos pudimos apreciar el resultado de aquel esfuerzo agotador con una sonrisa de satisfacción en nuestros labios. Sinceramente no sé si es porque yo trabajé en ello o por qué razón puede tratarse, pero yo hasta lo veía mejor comparándolo con la apariencia que presentaba el día que entré por primera vez.

Ya nos disponíamos a sentarnos en la sala de reuniones cuando Barferin nos pidió que nos adelantáramos mientras atendía un asunto, prometiéndonos que volvería pronto. Obedecimos su petición y cada uno ocupó su sitio alrededor de la mesa rectangular, más pequeña que la anterior. Y, al sentarnos todos en nuestros asientos, me percaté de que había una silla que sobraba. Había un total de seis sillas, y nosotros, contando a Barferin, éramos cinco. Dos sillas se encontraban cada una en un extremo opuesto de la mesa, para presidir como de costumbre las reuniones, y, a ambos lados, cuatro sillas donde nos encontrábamos Garlet y Sig en un lado y Horval y yo en el otro. Como Garlet, Sig y Horval estaban entretenidos hablando supuse que no se habían dado cuenta del detalle de la silla extra, pero decidí no interrumpirles por algo que seguramente no tendría ni la menor importancia.

O eso creía hasta que Barferin regresó. Junto a él se encontraba otra persona, un hombre bastante joven que casi tendría mi edad. Llevaba el pelo corto y oscuro, y no parecía tener mucha experiencia en el campo de batalla. Aunque si estaba con Barferin sería por alguna razón, y dudaba que estuviera de visita.

-Os presento a nuestro nuevo compañero. Se llama Aldven-dijo presentándolo-. Solo es un par de años mayor que Celadias, pero ha demostrado ser bastante hábil con la espada y Hatik insistió en que nos vendría bien tener una espada más de nuestro lado.

-Un momento, yo a este chico le conozco-dijo Sig poniéndose en pie y acercándose hasta él para examinarlo más de cerca. Aldven no parecía inmutarse-. Yo a ti te he visto en algún lado, ¿verdad?

-Lo recordaría si así fuera-dijo con su voz grave, con indiferencia.

-¡Este chico fue uno de nuestros refuerzos para derribar la entrada de Kryn!-exclamó Garlet al reconocerle-. Chico, ¿crees que puedes sernos de alguna ayuda aquí también? No somos como el resto de escuadrillas, a nosotros nos van a encargar misiones peligrosas.

-Cállate, Garlet. También dudaste de mí y mírame, aquí estoy-dije por puro instinto, saliendo a la defensa del recién llegado. Y aquello me sorprendió.

-Tú y yo tendremos luego unas palabritas, novato-dijo Garlet con seriedad dirigiéndose hacia mí, lo cual hasta me preocupó.

-No, ya no es el novato. El novato es Aldven-dijo Sig riéndose, y luego miró al recién llegado haciéndole una señal para que se uniera a la reunión-. Venga, pasa, no te cortes. Aquí en el fondo somos buenos compañeros. Nos vacilamos, nos insultamos y nos peleamos, pero estamos más unidos que en el resto de escuadrones. Pregúntale a Celadias si no me crees.

-Y hablando de Celadias, levántate de ahí-dijo Barferin mirándome-. Tu sitio a partir de ahora será aquel-indicó señalándome una de las sillas que presidían la mesa.

-¿Cómo que ese?-pregunté incrédulo.

-¿Qué? La mano derecha tiene que presidir las reuniones.

-¡Más motivos para tener que hablar contigo a solas!-exclamó Garlet.

-Espera, ¿cómo que mano derecha?-pregunté cada vez más confuso-. Apenas tengo experiencia, no podría serte de ayuda.

-Por eso quiero que seas mi mano derecha, porque aun no tienes experiencia-dijo Barferin, insistiendo con un gesto en que me cambiara de sitio. Hice caso y me senté donde me indicó sin entender qué hacía-. Tú tuviste la idea de nombrar al escuadrón con el nombre de Kanos, y él confiaba en ti. Siempre dijo que serías un líder nato y que tenías talento, pero ese talento se desperdiciará si no vas adquiriendo experiencia pronto. Quizá aun no me seas de utilidad, pero dale tiempo a que tu talento salga a la luz.

-Pero…

-¡Deja de poner pegas, chaval!-me interrumpió Sig-. ¿Eres consciente de lo que acabas de conseguir? ¡Serás el caballero y la mano derecha de un escuadrón más joven de toda la historia! Y todo eso sin tener experiencia, como tú dices. Menuda carrera te estás forjando sin hacer apenas nada-concluyó riéndose.

-Yo quiero ganarme el derecho a tener tales honores-repliqué-. No quiero un título que todavía no me pertenece.

-Aun no te pertenece, Celadias, pero pronto lo hará-dijo Barferin con tranquilidad-. Quizá no debas ser nombrado caballero tan pronto, debo reconocerlo, pero no podemos dejarte de lado. Perteneces a nuestro escuadrón y no te vamos a expulsar solo porque tengas que ser caballero. El emperador nos hace un favor nombrándote. Y yo no te nombraré aun mano derecha, pero quiero que vayas habituándote al cargo, ¿de acuerdo?

Finalmente asentí, tranquilizándome, dejando la habitación en silencio durante unos segundos hasta que Sig volvió a hablar:

-Oye, ¿os habéis dado cuenta de una cosa? Mirad. Horval, levántate y ponte junto a Aldven-Horval miró desconfiado a Sig pero hizo lo que le pidió-. ¿No se parecen?

-Pues ahora que lo dices… Se dan un aire, sí-respondió Garlet riéndose.

-¿Qué vamos a parecernos este crío y yo?-preguntó Horval empezando a mosquearse.

-En serio. Si le dejamos crecer el pelo y la barba y le quitamos un ojo…

-¡El ojo te lo voy a quitar yo a ti como no cierres la boca!-interrumpió Horval a Sig, enfadado.

Los tres siguieron discutiendo acaloradamente, aunque en broma, mientras Barferin se dirigía hacia Aldven para explicarle algunas cosas. Yo, por mi parte, me mantuve sentado y en silencio, reflexionando acerca de lo que me había dicho Barferin. Y tras unos minutos así, Barferin acabó poniendo orden en la sala y sentándose en el extremo de la mesa opuesto a mí, lo cual me hizo recordar lo que me deparaba desde ese momento en adelante.

-Bueno, esta será nuestra primera reunión como los fantasmas de Kanos-dijo con un notorio nerviosismo en su voz-. Quería felicitaros por el trabajo de esta semana. Sé que estáis cansados, por lo que no os soltaré la retahíla y pasaré directamente a la sorpresa en sí-se puso en pie y se dirigió a la puerta. Al abrirla dejó al descubierto un maniquí ataviado con una armadura negra, bastante mejor que la anterior que teníamos, donde, en el centro de la coraza, se veía grabada una K idéntica a la de la puerta. Todos los detalles que presentaba la armadura eran diferentes de la anterior, incluso en el casco. La apariencia de la nueva armadura era mucho más imponente-. Necesitábamos una armadura nueva, así que he cogido algo de dinero de nuestras arcas y he encargado que nos hicieran unas armaduras nuevas. Esta es solo un modelo de muestra, recibiremos las armaduras reales dentro de unos días, para el nombramiento.

-¿Llevaremos esta armadura?-preguntó Garlet con fascinación-. Parece venida desde las mismas profundidades del abismo.

-Me alegra saber que te gusta-dijo Barferin más tranquilo.

-¿Esta era la sorpresa que nos decías?-pregunté aun mirando asombrado la armadura.

-¿Esperabas más acaso?-preguntó riéndose, y yo negué con la cabeza-. Solo quería enseñaros el modelo de nuestra nueva armadura.  Me alegra ver que os ha gustado y espero que nos sean más útiles que las anteriores.

Barferin dio por concluida la reunión y yo me dispuse a abandonar la sala cuando una mano se posó sobre mi hombro, deteniendo mi avance. Al girarme para ver quién me paró, contemplé a Garlet mirándome con seriedad.

-Ven conmigo. Tengo que hablar contigo de un asunto importante.

lunes, 31 de agosto de 2015

Capítulo 16: Los fantasmas de Kanos



Los días que siguieron a mi despertar fueron aburridos y tediosos. Tenía prohibido salir de mi alcoba por mi madre y por Kestix, quienes me cuidaron y limpiaron en repetidas ocasiones la herida, vigilando que no se infectara ni empeorase. En los pocos momentos libres que Karter y Trent tenían a veces se pasaban a echar un vistazo cómo estaba y aliviaban la pesadez de encontrarme encerrado sin poder hacer nada. Tampoco les culpo, durante aquellos días tenía que guardar reposo y se preocupaban por mí. Pero ansiaba salir, deseaba poder dar al menos un paseo y tomar el aire, odiaba hallarme tumbado en el lecho rodeado de cuatro paredes. La única luz que veía del sol era la que se filtraba por la ventana entre las cortinas. Creía enloquecer…

Hasta que, por fin, alguien que no eran ni Karter ni Trent llamaron a la puerta de mi casa. Según me dijo mi madre más tarde, su gesto serio y el parche que tenía en su ojo le causaron cierto temor hasta que preguntó por mí. Incluso temió dejarle pasar y subir hasta mi alcoba. Pero admitió tranquilizarse cuando me vio sonriendo. Y no era para menos que sonriera al ver aquel conocido rostro, suponiendo cuál sería el motivo de su visita.

-Por fin un rostro nuevo, Horval-le saludé incorporándome con cuidado sobre el lecho.

-Mal has tenido que pasarlo para alegrarte de verme la cara, Celadias-dijo riéndose-. La tuya tiene mejor aspecto, parece que te has ido recuperando estos días.

-Era eso o morir, no me quedaba otra opción estando aquí encerrado-bromeé con una risa-. ¿Te ha mandado Barferin?-pregunté para salir de dudas.

-Así es. Nos ha llamado para contarnos lo que ha hablado con el emperador-dijo acercándose a mí para ayudarme a ponerme en pie-. ¿Podrás andar solo?

-Todavía no he olvidado cómo se blandía un arma. Menos voy a olvidar caminar-dije cuando me soltó, estirando todas mis articulaciones.

-Perfecto entonces, te esperaré en la calle hasta que estés preparado.

Horval abandonó la estancia mientras yo me vestía con la ayuda de mi madre, quien se quedó durante toda la conversación por si necesitaba algo. Me di toda la prisa posible en estar preparado y bajar hasta la calle para no hacer esperar a Horval. Y, al salir a la calle, me sentí libre por fin.

Una leve brisa acariciaba mi rostro mientras el sol me golpeaba con suavidad con su luz. Tanto tiempo encerrado hizo de aquello algo mágico e irrepetible. Echaba de menos poder moverme con libertad, caminar por las calles entre el gentío oyendo a la multitud moviéndose de un lado para otro. Echaba de menos respirar el aire del exterior y sentir la calidez del sol en mi piel. Echaba de menos el sonido de las calles y su olor al pasar por los comercios de comida, por la floristería, por la herrería, incluso frente al sastre.

Caminamos a un buen ritmo, algo tranquilo para acostumbrarme de nuevo a andar, hasta llegar al palacio. Los soldados ya no necesitaban ver nuestro emblema, reconocían nuestros rostros y nos dejaban pasar sin hacer ninguna pregunta. Durante aquellos días, por lo que me contó Horval al caminar por los pasillos y por lo que podía ver, había bastante movimiento en la guardia del palacio. El motivo jamás lo supe.

Al llegar al cuartel lo encontré en un estado bastante pobre. Había pasado una semana desde la última vez que estuve, y ya de por sí estaba bastante abandonado. Pero aquel día su estado era lamentable. Debido a la posibilidad de que el escuadrón acabase disolviéndose, nadie había vuelto a entrar en los cuarteles. Barferin, Sig y Garlet nos estaban esperando ya sentados alrededor de la mesa, la cual ahora parecía enorme y lucía vacía por la ausencia de nuestros compañeros. Nadie saludó al entrar, simplemente nos sentamos y dejamos que el ambiente lúgubre nos rodease. Yo no podía evitar mirar las sillas vacías y recordar cada una de las caras de los soldados que ya no estaban. Y creo que todos hacíamos lo mismo, pues ninguno se atrevía a abrir la boca para decir una sola palabra.

Yo era el miembro más nuevo del escuadrón, apenas conocía a aquellos hombres. Con quien más tuve contacto era con Kanos, cuya silla vacía se encontraba en un extremo de la mesa, frente al extremo donde se sentó Barferin. Sentía ganas de llorar al recordarle. Hasta que Barferin decidió hablar y romper aquel silencio melancólico.

-Ni siquiera somos la mitad de los que fuimos antes de partir a la guerra-observó con la voz quebrada-. Y lo peor de todo es que no hemos podido despedirnos de nuestros compañeros y amigos. Sé que esto ha sido un golpe muy duro para todos nosotros, incluso para ti, Celadias-dijo mirándome directamente-. A pesar del poco tiempo que has estado, sé que hiciste buenas migas con el capitán y él te tenía en muy alta estima. Me decía una y otra vez que algún día llegarías a ser uno de los caballeros de confianza del emperador si seguías trabajado igual de duro, con ideales firmes e inquebrantables. Yo también creo en ello, y me entristece saber que él jamás estará aquí para poder verlo con sus propios ojos-en aquel momento parecía que fuese a echarse a llorar.

-Todos queríamos a nuestro capitán como si fuese nuestro padre-dijo Sig para darle un respiro a Barferin-. Para muchos de nosotros, incluso para nuestros amigos fallecidos, ha sido un ejemplo a seguir. Él ha sido quien nos ha mantenido unidos hasta el final, y ahora que no está, ¿quién lo hará?

-El emperador nos ha dado una oportunidad-continuó hablando Barferin, tratando de recomponerse-. No somos soldados suficientes para formar un escuadrón en el ejército. Destacamos demasiado con el resto de soldados, pero no somos suficientemente buenos para formar parte de la élite.

-Entonces, ¿qué quiere que hagamos?-preguntó Garlet con sequedad.

-Estar en un punto intermedio-contestó-. El emperador no puede permitirse el lujo de prescindir continuamente de su escuadrón de élite, y hay misiones a las que no puede asignar al ejército. Solo algunos caballeros están autorizados para llevarlas a cabo.

-Pero no somos caballeros-le interrumpí, y me miró con una sonrisa algo triste.

-No, no lo somos-dijo dándome la razón y suspiró-. Este era el objetivo que tenía Kanos, convertirnos en un escuadrón de caballeros que pudiera compararse con las fuerzas especiales del imperio, y el emperador nos ha dado una oportunidad para poder hacer que el sueño de Kanos sea una realidad. Nos alejará del ejército y nos nombrará caballeros a todos nosotros con el fin de cumplir con las misiones secretas que nos asignen. Esto también te incluye a ti-dijo mirándome nuevamente-, a pesar de que seas el miembro más joven y reciente de nuestras filas. Es posible que en un futuro nos toque comandar a nosotros el ejército cuando salgamos de campaña, así que debemos dar lo mejor de nosotros. Y quiero que lo demos no solo por la importancia de nuestro rango sino por honrar a la memoria de nuestro eterno capitán, Kanos.

-¡Por nuestro eterno capitán!-gritó Sig, y todos seguimos entusiasmados aquel grito.

-Oficialmente dejamos de ser el cuarto escuadrón imperial. Debemos pensar ahora en cómo nos llamaremos-dijo Garlet tras un instante de silencio. Varios de nosotros nos quedamos en silencio hasta que se me ocurrió una idea.

-Quizá sea una tontería de nombre pero, ¿por qué no somos los “Fantasmas de Kanos”?

-¿Los Fantasmas de Kanos?-preguntó Barferin, quien parecía interesarse por la idea.

-Hemos sobrevivido a una emboscada que ha acabado con la vida de miles de los nuestros, entre ellos más de la mitad de nuestro antiguo escuadrón y con nuestro capitán. Podría decirse que somos como fantasmas, y creo que sería un buen nombre para que nuestro capitán permanezca siempre con nosotros, hasta que el último “fantasma” desaparezca.

-El novato le da al coco-dijo Garlet riéndose-. Yo apruebo llamarnos los Fantasmas de Kanos. Y propongo que sea Barferin nuestro nuevo capitán.

-Garlet tiene razón. Nadie de nosotros está más preparado para serlo que Barferin-dijo Horval apoyando la propuesta-. Kanos le nombró su mano derecha por la confianza que tenía en él, y ha sido quien ha estado a su lado en todo momento. Será su viva imagen táctica y estratégica.

Barferin quedó enmudecido con lágrimas en los ojos que no pudo reprimir, ni parecía querer hacerlo en el fondo. Todos nos percatamos de aquello y nos acercamos a él para darle nuestro apoyo.

-Queda decidido entonces, Barferin será nuestro nuevo capitán, el capitán de los Fantasmas de Kanos-concluyó Garlet dándole una palmada en el hombro.

-Tendremos que trabajar duro para construir los cimientos de nuestra nueva historia, pero hagamos que nuestro auténtico capitán nos vea orgulloso junto a los dioses-dijo Barferin poniéndose en pie, llorando de alegría-. Espero no defraudaros a vosotros ni al capitán y que nuestros sueños se cumplan de ahora en adelante. Mañana comentaré al emperador cuál ha sido nuestra decisión. Ahora, descansad y reponed fuerzas para empezar a trabajar duro a partir de mañana.

Todos permanecimos hablando durante unos minutos antes de abandonar la estancia. Barferin fue el primero en abandonarla, pero no para salir del cuartel. De hecho, se dirigió a una estancia que desconocía de qué se trataba. Cuando todos mis compañeros se fueron, decidí entrar movido por la curiosidad para saber a dónde se había dirigido y comprobar el motivo. En su interior se hallaba una alcoba pequeña con un lecho en una esquina y una mesa junto a una de las paredes. En la mesa podía ver varios pergaminos en blanco junto a un tintero y una pluma para escribir. Colgados de las paredes se hallaban varios cuadros, algunos representaban retratos pintados a manos y otros mostraban bellos paisajes. Barferin se encontraba llorando sentado en el lecho. Quise acercarme para ver qué le pasaba, pero me sorprendió al darse cuenta de mi presencia.

-Celadias, ¿qué haces aquí?-preguntó secándose las lágrimas.

-Me preocupé al verte entrar aquí a solas. Nunca había visto esta habitación-reconocí al instante.

-Aquí era donde vivía Kanos-dijo echando una ojeada al interior-. A veces le gustaba pintar para eludirse de la guerra-comentó observando los cuadros-. Era un hombre bastante interesante e imprevisible, jamás podía prever qué tenía en mente. Ni siquiera yo, que estuve a su lado durante tantos años, creo que haya llegado a conocerlo lo más mínimo, a pesar de lo que sentía en mi corazón.

-¿Lo que sentías?-pregunté intrigado.

-No se lo digas a nadie, Celadias, no quiero que los demás dejen de confiar en mí y me vean como alguien débil por mis sentimientos hacia el capitán, pero yo le amaba-acabó reconociendo. Y aquello me sorprendió bastante, jamás hubiese pensado que Barferin amase al capitán como un hombre amaba a su esposa. Pero entendía el valor que había tenido al decírmelo.

-Nadie desconfiará de nuestro nuevo capitán solo porque amase al anterior-dije acercándome a él y sentándome a su lado-. Pero si te sientes más tranquilo, no mencionaré nada de esto, ¿vale?

-Sigues siendo una persona bastante extraña-dijo Barferin riéndose un poco-. Gracias por guardarme el secreto. Y espero estar a la altura del cargo.

-Lo estaremos todos. Ahora somos fantasmas, el legado vivo de Kanos. Una parte de él está dentro de nosotros, fortaleciéndonos.

-Los Fantasmas de Kanos…-mencionó en un susurro-. Eres un chico increíblemente inteligente. Kanos tenía razón cuando te auguró un gran futuro.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Capítulo 15: Despertar



Cuando desperté, todo era confuso y doloroso para mí. No reconocía la estancia en la que me encontraba, ni recordaba nada más allá de la batalla. Me había despertado solo en una habitación extraña sobre una mesa de madera lo suficientemente grande como para poder tumbarme sobre ella. Bordeando la habitación, junto a las paredes, había varias estanterías con antiguos manuscritos que no pude alcanzar a leer, y a mi lado había una mesita más pequeña con una jarra de agua y un trozo de pan. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, solo que mi estómago me gruñía pidiendo que lo llenara con lo que había, y así lo hice en cuanto pude lograr incorporarme, sintiendo una fuerte punzada de dolor en el pecho. Me di cuenta de que tenía el torso cubierto por una especie de vendaje de tela.

Poco más tarde entró un hombre bastante mayor, con el poco pelo que le quedaba en la cabeza blanco como la nieve. Supuse en ese momento que se trataría del curandero que había cuidado de mí en mi estado de inconsciencia. Lo primero que hizo al entrar fue comprobar que había vaciado la bandeja, y parecía estar bastante contento por aquello. Luego me quitó con cuidado el vendaje para comprobar el estado de la herida, sin mediar palabra en ningún momento. Pude ver que la herida había sido cosida para que se cerrase. Y puedo jurar que no tenía un buen aspecto precisamente.

Aplicó una especie de ungüento que pensé que habría preparado él y volvió a taparme la herida con telas nuevas y limpias. Aquel silencio se me hacía bastante insoportable, por lo que decidí romperlo preguntándole:

-¿Dónde me encuentro?

-En mis aposentos dentro del palacio-contestó sin mirarme hasta que terminó de cubrir todo mi pecho. Luego alzó la vista hacia mí, y pudo ver mi notorio desconcierto al recibir aquella información-. Habéis vuelto a Arstacia, joven soldado. Y tenéis suerte de haber conseguido despertar.

-¿Qué es lo que ha pasado?-pregunté aun más confuso.

-Lo que queda de la cuarta división trajo vuestro cuerpo inconsciente hasta mis aposentos para que pudiera curaros. Debo reconocer que para no contar con ningún curandero en vuestras filas consiguieron deteneros la hemorragia bastante bien, y sin necesidad de cauterizaros la herida.

-¿Qué queréis decir con “lo que queda de la cuarta división”?

-No os creo tan idiota como para no ver que en la guerra muere gente-dijo alejándose de mí para sentarse en un sillón que había junto a la única ventana de la estancia-. Yo no soy la persona que debe deciros lo que ha sucedido. Y lamento no poder hacer más por vos, pero os agradecería que os fueseis de mis aposentos lo antes posible. Barferin os está esperando en el cuartel. ¿Necesitáis ayuda para moveros?-preguntó mirándome atento.

Me costó algo de trabajo poder ponerme en pie, e incluso aquel hombre pareció estar a punto de levantarse para ayudarme, pero finalmente conseguí mi propósito. A pesar del dolor, negué con la cabeza para responder a su pregunta, y, tras despedirnos y agradecerle lo que había hecho por mí, abandoné sus aposentos. Tras la puerta habían dos guardias custodiando la estancia que rápidamente se apartaron a un lado para dejarme paso. Con una mano sobre el dolorido pecho, puse rumbo hacia el cuartel, donde me estaba esperando Barferin. Necesitaba ponerme al día con todo lo que había sucedido tras la batalla y saber qué sería de mí desde ese momento en adelante.

El interior del cuartel estaba completamente desértico. Normalmente había alguien ahí, normalmente un guardia y un sirviente del palacio, para vigilar, pero aquel día no había absolutamente nada. Y me extrañó bastante teniendo en cuenta que el curandero me había dicho que Barferin estaba esperándome. Le busqué en la sala de reuniones y en la sala de armas pero no había ni rastro. No comprendí nada hasta que, justo cuando me dispuse a irme, apareció Sig.

-Vaya, parece que al final sigues vivo, ¿eh?-su tono parecía bastante desanimado.

-¿Dónde están los demás?-pregunté, y solo se limitó a mirar hacia otro lado-. Sig, no estoy para aguantar tus juegos. Dime dónde están Barferin y el capitán.

-Barferin volverá en un rato, ha ido a enviar un mensaje-hizo una pausa y suspiró antes de continuar hablando-. Al capitán no esperes verlo por aquí.

Sus palabras causaron un grave desconcierto en mí. Sin decir nada más, pasó por mi lado para dirigirse a la sala de descanso y se encerró. No entendía qué me quiso decir y estaba impaciente por que Barferin me explicara lo que había ocurrido. Parecía que nadie quería hablar de lo que sucedió en el campo de batalla, y que Sig dijera aquello me preocupaba, haciéndome temer lo peor. Y mis sospechas se confirmaron al llegar, por fin, Barferin.

-Por fin despiertas, Celadias. Nos has tenido a todos preocupados.

-¿Qué es lo que ha ocurrido?-pregunté, quizá algo brusco, pero necesitaba saberlo ya.

-La cuarta división ha estado a punto de extinguirse. De hecho, ya no nos consideran un escuadrón en sí.

-¿Cuántos han caído?

-Solo quedamos cinco: Horval, Sig, Garlet, tú y yo.

-¿El capitán…?-me dispuse a preguntar si había muerto, tal y como supuse al principio, pero no pude terminar la frase. Barferin entendía lo que iba a preguntar, y parecía que también le costaba trabajo hablar de ello, por lo que solo asintió con la cabeza-. ¿Cómo ocurrió?

-Fue todo demasiado rápido. Cuando te hirieron, Horval apareció para ayudarme a trasladarte al campo de heridos. Poco a poco el enemigo fue ganando terreno y las líneas delanteras cayeron. Ahí perdimos a la mitad de nuestros hombres. El capitán se negó a darse por vencido, quería salvar a todos los que habíais sido heridos y luchó hasta la muerte.

-Al menos tenemos el consuelo de que murió con honor-dije entristecido.

-No te sientas culpable, son cosas que ocurren en el campo de batalla, el precio de la guerra-dijo soltando un profundo suspiro.

-¿Qué ocurrirá con la cuarta división ahora?-me atreví a preguntar.

-El emperador se reunirá conmigo en estos días para hablar más detalladamente del tema-comentó con bastante desgana. No parecía querer acudir a aquella reunión-. Sería una pena que una división tan antigua y famosa muriera en una guerra que aun ni siquiera ha acabado.

-¿Aun seguimos en guerra?

-Por supuesto. No cumplimos nuestro objetivo, conseguimos ganar aquella batalla por de milagro. La otra expedición se enteró de que fuimos masacrados y decidió retirarse también. Hemos vuelto a Arstacia para retirarnos, pero sabemos que de un momento a otro el ejército de Torval contraatacará y tendremos que luchar en casa.

-Yo... no sé qué decir-me había quedado casi mudo al escucharlo todo. Tenía tantas cosas que asimilar que mi cabeza parecía que fuese a estallar de un momento a otro.

-Será mejor que descanses y reposes en tu casa hasta nuevo aviso. No creo que tarde mucho en reunirme con el emperador o con su caballero de confianza, así que te haré llamar cuando sepa algo para que nos reunamos todos y os comente qué será de nosotros a partir de ahora.

-Seguiremos luchando con el ejército, ¿verdad?-pregunté temeroso de que mi carrera como soldado acabase ahí. Y parecía que aquel temor le hacía gracia a Barferin.

-Has estado a punto de morir y lo que te preocupa ahora es que dejes de luchar. Eres una persona extraña, Celadias-dijo con una mueca que parecía una sonrisa-. Seguiremos siendo soldados, eso está claro. Que luchemos juntos o por separado es lo que no sabemos todavía. Ahora deja de pensar en luchar, en la guerra y en el ejército y céntrate en recuperarte de tu herida, ¿queda claro?

Asentí con la cabeza y me despedí de él. No tenía muy claro que fuese a conseguir dejar de pensar en esas cosas, al menos no con la facilidad con la que me lo pidió. Mi futuro era incierto en esos momentos y no sabía qué iba a hacer ni qué sería de mí. Tenía que asimilar que en aquella batalla donde casi perdí la vida se perdieron miles de vidas más, entre ellas las de más de una decena y media de mis compañeros, incluyendo al capitán Kanos. También tenía que asimilar que aquella campaña no había servido de nada y que la guerra todavía no se había acabado. Por no hablar de que tendría que “enfrentarme” a mi familia, o, más bien, a su preocupación.

Por suerte, no se lo tomaron del todo mal. Kestix se lanzó a mis brazos con cuidado, sabiendo que la herida en el pecho aun no se había cerrado del todo, y mi madre me llenó la cara de besos al verme, con sus ojos empañados en lágrimas, en pie frente a ella. Junto a ellos estaban también Karter y Trent, que habían estado preocupados de mí desde que se enteraron de que había llegado a la ciudad en una carreta junto a cientos de heridos. A pesar de la melancolía y la tristeza del despertar, los cuatro se aseguraron de hacer que el resto del día fuese inolvidable, tratando de compensarme las malas noticias con buenas acciones, como el estofado de mi madre que tanto había añorado durante la campaña.

lunes, 3 de agosto de 2015

Capítulo 14: El precio de la guerra



Mi decisión se mantuvo firme durante los días que tuve para pensar en la propuesta del capitán de servir al emperador mientras la cuarta división abandonaba la ciudad para irse a la guerra. No me alisté en el ejército para quedarme bajo el manto protector del emperador cuando una guerra ocurriera, ni para ocultarme tras la seguridad de la ciudad cuando estuviera en peligro. A pesar de la insistencia de mi familia y de mis amigos, había tomado una decisión y la mantendría pasara lo que pasara, como si aquello terminaba por costarme la vida.

-Han confiado en mí para pertenecer a la cuarta división y no puedo mostrarme cobarde a la primera de cambio-decía siempre que intentaban convencerme de quedarme para servir al emperador.

Entendía tantas preocupaciones, entendía la insistencia y el intentar convencerme, pero había hecho un juramento ante el emperador y no podía romperlo, aun entendiendo también que era más que posible que jamás volviera a la ciudad, al menos, por mis propios medios. Ver a Horval y su único ojo me hacía comprender que la guerra no eran simples cuentos y leyendas que nos contaban de pequeños, y yo había estado ya en dos batallas donde pude comprobar por mis propios ojos que ahí se perdía una gran cantidad de vidas humanas, pero no podía echarme atrás. No era tan fácil como dar media vuelta y descaminar lo andado. Jamás podría cargar con el peso de la cobardía y la traición de romper un juramento.

El día de mi partida le pedí a Kestix que cuidara de mamá, quien lloraba desconsolada al darse cuenta de que me iría sin importar lo que me dijera. Nunca la había visto tan triste y preocupada. Recuerdo que partimos al alba. Lo recuerdo perfectamente porque ella no pudo pegar ojo en toda la noche y me despidió ojerosa. Aquella mañana, todos los soldados fuimos despedidos por nuestros seres queridos entre lágrimas, besos y abrazos.

Los primeros días viajamos hacia el este hasta entrar en territorio enemigo. Pasamos por la ciudad de Kryn, ahora reforzada por algunos soldados que habían dejado sus hogares para salvaguardar aquella posición. Para recompensarles por tal sacrificio, les otorgaron algunas parcelas que estaban libres para que pudieran habitarlas durante su estancia ahí. Aquella noche el ejército acampó junto a la ciudad, donde podíamos disponer de algunos víveres, salvo los capitanes. Ellos se hospedaron en el castillo que antes pertenecía al conde. Kanos nos dijo que aquella sería su última oportunidad de dormir cómodo sobre un lecho antes de tener que acampar al raso y dormir sobre la hierba. Incluso le propuso a Barferin, como su mano derecha y su hombre de confianza, que hiciera lo mismo aprovechando que quedaban algunas alcobas libres. Pero su propuesta fue rechazada.

Una vez atravesamos la frontera de Torval, todos teníamos que estar alerta con cada paso que dábamos y montar guardias cada noche que descansábamos, siendo conscientes de que habíamos dejado atrás la seguridad del imperio y que nos ahora nos hallábamos solos. Aunque poseíamos un número considerable de soldados, no teníamos ninguna información acerca de los movimientos del enemigo y, por tanto, no podíamos prever que nos fuesen a emboscar o con cuántos soldados nos encontraríamos en las ciudades.

No fue hasta el tercer día cuando avistamos la primera ciudad que sitiamos.

Como era lógico y previsible, esperaban que tarde o temprano respondiéramos a la declaración de guerra que nos habían hecho al asesinar mediante un arquero a nuestro príncipe. Habían reforzado las defensas de las ciudades próximas a la frontera, pero nuestro paso no se vio detenido en aquella ocasión. Ofrecieron bastante resistencia aquel día, pero no tuvimos problemas para invadirla. Aprovechando que tenían una buena cantidad aprovisionamientos en aquella ciudad, todo el ejército descansó durante un par de días antes de tener que poner otra vez rumbo hacia la capital.

Desde ese punto nos separamos para desviarnos, yendo la mitad hacia el norte y dejando que el resto siguiera su camino hacia el este. Debido a la falta de soldados y al nulo interés de conservar la ciudad, ninguna unidad se quedó en ella y la cuarta división entró en el primer grupo. Nuestro objetivo era asegurarnos de impedir que el resto de las ciudades pudieran enviar refuerzos que pudiesen frustrar nuestros planes y nuestro avance.

Así continuamos el camino, saqueando pequeños poblados para reabastecernos y mermando las fuerzas enemigas, acampando en numerosas ocasiones y llegando a descansar varios días mientras se decidía la ruta que debíamos seguir después. Aunque nuestro número también se iba reduciendo, y parecía que el enemigo contaba con ello.

La ruta que trazamos nos llevó hacia un llano rodeado por dos amplios bosques al norte y al sur. No recordaba cuánto tiempo había pasado, pero tenía la certeza de que era más de un mes y que todavía no habíamos ni recorrido la mitad. La noche antes de alcanzar este punto, el capitán nos ordenó extremar las precauciones y vigilar bien a ambos lados. Nos dijo que sabían que era peligroso pasar por ahí, pero que era la única forma de poder asegurar la victoria.

Tratamos de recorrer ese tramo lo más rápido posible, poniendo especial atención a los bosques, vigilando que no saliera ningún soldado enemigo de entre los árboles. Pero el cansancio del viaje nos había afectado y ninguno pudo ver las flechas que comenzaron a derribar a los hombres en los flancos. Los capitanes gritaron que se rejuntasen todos y así lo hicimos mientras una horda de soldados aparecía del norte y del sur para estamparse contra nuestros escudos. A pesar de los esfuerzos que pusimos, no pudimos evitar vernos rodeados, y acabaron rompiendo nuestras filas, haciendo que nos dispersáramos por todo el llano. El descontrol no tardó mucho en llegar, de nada servían las instrucciones que gritaban los capitanes, pues apenas llegaban a ser oídas por unos pocos soldados y solo si se encontraban cerca, y de lo único que podíamos depender era de nuestras propias habilidades.

Muchos compañeros nuestros cayeron en los primeros minutos de batalla, aunque algunos no sin antes haberse asegurado de que le acompañasen varios enemigos. Yo intenté resistir lo mejor que pude con el escudo, sin apenas poder mover la espada por la falta de espacio. Cuando los cadáveres empezaron a amontonarse a lo largo y ancho del llano, empezamos a tener algo más de libertad para movernos, pudiendo hacer que retrocedieran las filas enemigas para ganar algo más de espacio y poder dispersarnos.  No puedo decir que fuese agradable caminar sobre cadáveres y pelear teniendo cuidado de no tropezarte con ellos, de hecho tampoco debería decir que me alegrase de que hubiesen muerto, pero debo reconocer que al menos ahora podía pelear con más comodidad.

Hubo un momento en el que me encontré en algo de apuro, ya que me encontré de sopetón con dos soldados de frente. Pero tuve la suerte de que Barferin estaba cerca y me ayudó a contener sus acometidas para derribarlos y rematarlos en el suelo. En ese momento me di cuenta de que me había alejado bastante del resto de la cuarta división, y que ni él ni yo teníamos contacto visual con ninguno de nuestros compañeros.

-¿Sabes dónde está el capitán?-me preguntó, a lo que tuve que negar con la cabeza-. Deberíamos buscarlo y reagruparnos con los demás. Estamos demasiado dispersos y nos encontramos en inferioridad.

Miré a nuestro alrededor en ese instante y comprobé que tenía razón. Codo con codo empezamos a abrirnos paso entre el mar de armaduras y espadas, ayudando a nuestros aliados en peligro mientras buscábamos algún indicio de dónde se encontraba la cuarta división. Ensangrentados y cada vez más cansados, seguíamos peleando sin detener nuestro avance, hasta que sentí un fuerte golpe en la cabeza que me derribaba al suelo, estando a punto de perder el conocimiento. La visión se me nubló y a duras penas pude ver a Barferin, o quien yo creía que era él, peleando contra quien supuse que había sido el causante de mi derribo. Me quedé aturdido durante un buen rato en el suelo hasta que alguien comenzó a arrastrarme por el suelo para alejarme. Poco a poco pude enfocar la vista y reconocí el rostro de Sig.

-¿Qué estás mirando, crío? Muerto no nos sirves de mucho, así que te pondré en un lugar a salvo.

-¿Dónde está la cuarta división?-pregunté con la voz algo débil.

-Hemos conseguido asegurar un pequeño perímetro para poner a salvo a los heridos, aunque no sé si podremos aguantar mucho-traté de zafarme de Sig, removiéndome sin éxito. Quería que me soltara para poder pelear junto a Barferin-. Te has llevado un buen golpe, ¿de verdad te crees que voy a dejarte marchar?

-¡Solo ha sido un golpe, puedo seguir peleando!-insistí, y Sig me soltó de inmediato.

-Como veas, pero no pienso arrastrar tu cadáver, ¿te queda claro?

Me puse en pie y asentí con la cabeza, volviendo a correr hacia donde se encontraba Barferin. En esta ocasión, era él quien se encontraba en dificultades. Tres lanceros le tenían rodeado apuntándole amenazantes. Pude acabar fácilmente con el primero debido a que me estaba dando la espalda, y aquello sorprendió a los otros dos, quienes cayeron con la misma facilidad en cuanto Barferin aprovechó la ocasión. Quiso agradecerme la intervención pero le interrumpí haciendo una señal con la mano mientras negaba con la cabeza.

-Me tocaba a mí devolverte el favor. El resto del escuadrón se encuentra protegiendo a los heridos en un perímetro no muy lejos de aquí-indiqué, señalando el lugar desde el cual había ido-. No aguantarán mucho tiempo si no vamos a ayudar.

Barferin asintió con la cabeza y ambos echamos a correr, pero a los pocos metros fuimos interceptados nuevamente por el enemigo, dos soldados bien protegidos. No teníamos tiempo que perder, por lo que pusimos el escudo por delante y embestimos. Creyendo que aquello bastaría para poder seguir nuestro rumbo, nos sorprendimos al ver que se quedaron impasibles con sus escudos al frente y forcejeando contra nosotros. Yo traté en varias ocasiones de alcanzar a mi rival con la espada, pero su armadura era bastante gruesa y pesada, y yo apenas tenía espacio para poder cargar en condiciones.

Ambos soldados nos empujaron hacia atrás al mismo tiempo, obligándonos a retroceder, y tiraron sus escudos al suelo para coger los mandobles que llevaban colgados a un lado de su cintura. Barferin y yo nos miramos mutuamente y con un simple intercambio de miradas nos dijimos todo lo que teníamos que decirnos. Corrimos hacia ellos, cargando nuevamente con nuestros escudos mientras ellos los golpeaban con sus espadas. En un descuido de mi oponente, conseguí pasar por debajo de su brazo y atravesar su coraza con mi espada, colándola por una brecha que se habría formado a causa de los golpes que debió haberse llevado a lo largo de la batalla.

Cuando me di la vuelta para ver cómo le iba a mi compañero todo pasó tan rápido que apenas tuve tiempo para ver nada. El mandoble del soldado que quedaba destrozó la coraza que cubría mi pecho y sentí cómo la punta de la espada desgarraba mi piel de abajo para arriba. No recuerdo sentir dolor, no recuerdo sentir nada más que mi cuerpo siendo impulsado hacia atrás y cayendo de espaldas. La última imagen que recuerdo antes de que todo se volviera negro era la de Barferin a un lado con una brecha en la cabeza tirado en el suelo con los ojos cerrados.